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Lobos

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Lobos

Y ahí estábamos las dos, en un lago perdidas en medio de la nada (o en medio del todo, mejor dicho) mojándonos las piernas con el vestido subido y la noche empañando nuestros ojos. “Qué fácil parece ahora, ¿verdad?”, me dijiste mientras mirabas hacia abajo. Creo que estabas viendo que, en tus piernas, junto a tus rodillas, a tus muslos y a tus pies, los pececitos se empeñaban en morderte suavemente, haciéndote cosquillas y demostrándonos que, una vez en el agua, no somos tan diferentes. Yo también te hubiera mordido suavemente tus preciosas piernas pero no era apropiado. No lo era porque ese sentimiento era nuevo en mí y no quería asustarte con una ráfaga de amor que no sabía de dónde venía ni, menos aún, a dónde iba.

No sé. Creo que, sencillamente, fue aquella noche. El manto de estrellas que estaba cubriendo nuestro baño. La luz que desprendían te hacía brillar, brillar como si fueras una luciérnaga perdida en un mundo que desconoce pero que, de repente, encuentra un sitio, un rinconcito, en que se siente bien, un lugar en el que le hacen cosquillas y le calman el calor. Así estabas tú aquella noche. Y yo no podía dejar de mirarte.

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Pero el sonido de aquel lobo nos sacó de nuestro estado de éxtasis. Un aullido nos alteró e hizo que, la escena idílica que acabábamos de vivir, se transformara en una escena terrorífica, al más puro estilo película de terror. “¿Qué hacemos?”, me preguntaste con horror en los ojos. No sabía qué responderte, me quedé bloqueada. “¿A los lobos les gustará el agua?”, me dijiste. Pero no lo sabía, te juro que no lo sabía. Cada vez te agitabas más nerviosa dentro del lago, no sabías si ir hacia adentro o hacia afuera. Y yo estaba allí, mirándote fijamente, petrificada y sin poder mover ni un solo pie.

Fue entonces cuando decidí hacerlo. Ni siquiera lo pensé. Fue una idea que pasó por la cabeza y que, rápidamente, la cogí para hacerla mía. Igual que un mono hace en la selva, va de liana en liana sin importarle si aquella es más verde, más segura o más fuerte. Eso mismo hice yo. Cogí la idea y me aferré a ella. No sé cómo me atreví a hacerlo. No sé cómo tuve el valor de cogerte la cabeza y hundirnos hacia lo más profundo del lago. Sigo sin saberlo. Pero, igual que los monos, parece que las personas también tenemos algún sentido extra, algo que nos hace estar en contacto con la naturaleza de forma inconsciente. Así que, después de mi estado de piedra, reaccioné cogiendo fuerte tu cabeza y bajándola hacia el fondo del agua. Y yo fui contigo, por supuesto.

Vi cómo luchabas por subir arriba. Vi cómo gritabas, con los ojos muy abiertos y la cara del terror más absoluto. Pero yo sabía que no debías moverte de allí. Sabía que, si esperábamos, estaríamos a salvo del lobo que nos acechaba allá afuera, entre los árboles y el desconocido bosque. Poco a poco se te fueron aflojando las fuerzas, ya casi no te movías, casi no salían burbujas de tus labios y tu boca, lentamente, se iba abriendo. Cuando te vi en ese estado de calma, en ese momento de absoluta paz, fue cuando decidí imitarte: me puse en tu misma postura, entreabrí la boca para dejar que el agua se colara en mi interior y dejé de moverme.

Y fue así, en ese momento de total entrega a la naturaleza, de total entrega a la vida, de total entrega al agua, cuando sentí que tus dedos empezaban a moverse, otra vez. Entonces, empecé a mover los míos. Sí. También se movían. Cerraste la boca. Cerré la boca. Abriste los ojos. Abrí los ojos. Me miraste. Te miré. Sonreíste. Te sonreí. Y, entonces, empezaste a nadar.

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Siempre se ha dicho que el agua es purificadora. Que tenemos que limpiarnos, frotarnos y lavarnos para estar libres de bacterias y de la suciedad que nos envuelve. Aquel fin de semana habíamos ido a la montaña para limpiarnos, para limpiarte. Pero tus manchas no estaban en la piel, no. Tus manchas estaban un poco más adentro, en un lugar que no se puede ver pero que sí que se siente, vaya si se siente… Cuando nos encontramos con aquel lago, no hubo discusión alguna. Paramos el coche y nos metimos corriendo al agua. Era necesario. Para las dos. Para ti. Nos dieron igual nuestros zapatos, nuestros vestidos y nuestras uñas pintadas. Corrimos hacia el agua sin pensar en nada más que en sentirnos mojadas. Nos sintió bien. Yo, incluso, sentí algo confuso por ti al ver lo bien que te sentaba ese agua y esas estrellas. Empezabas a brillar, otra vez, como cuando lo hacías antes de ensuciarte.

Pero el lobo. El lobo volvió a alterarte. El lobo volvió a gritarnos que eso no era suficiente. Que la limpieza de la piel, por mucho que fuera con un lago estrellado, no era lo que realmente necesitábamos, lo que realmente necesitabas. Por eso, después de convertirme en piedra por unos segundos, entendí el mensaje. Tenías que lavarte por dentro, tenías que atacar directamente a la mancha negra que te estaba invadiendo. Y yo lo haría contigo. Por eso cogí tu cabeza con todas mis fuerzas, por eso te asustaste tanto al sentir cómo el agua se colaba en tu interior, por eso, al final, cediste, abriste la boda y dejaste inundarte. Fue todo por eso.

Y cuando vi que moviste aquel primer dedo, cuando vi que me mirabas y sonreías, entendí que lo habíamos hecho bien. Te fuiste nadando por aquel lago, te fuiste y yo decidí que tenía que salir. Mi limpieza no era tan importante como la tuya. Así que dejé que el agua del lago de estrellas se encargará de quitar cualquier rastro de mancha, cualquier mota oscura de polvo que pudiera haber en tu interior. A las seis de la mañana saliste del lago. Y a las seis de la mañana viví, en primera persona, el fenómeno del renacimiento. Tú renaciste y yo te cubrí con una toalla para devolverte a casa.

Sí. Al final le ganamos la batalla al lobo. Al de allí y al de aquí. Te llevé a casa, te di un beso en los párpados y te dejé descansar.

eliatabuenca
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