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Fuego en la espalda

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Fuego en la espalda

Le salía fuego de la espalda. Sí. Un fuego abrasador, caliente y agresivo que le recorría la columna vertebral de arriba a abajo. Pero ¿sabes una cosa? A ella eso le daba igual. Ella seguía caminando entre ese campo de trigo, con la luz dorando su rostro y las avispas acompañándola en su paseo. A ella le daba igual. Parecía que el fuego no formara parte de ella, parecía que aquel fuego fuera algo inerte en su cuerpo, como su sombra. Le seguía, repetía sus mismos pasos pero ella ni se inmutaba, ni siquiera un poquito.

Yo, en su lugar, seguramente hubiera hecho lo contrario que Peter Pan, ¿te acuerdas? A este niño eterno se le escapaba su propia sombra y él quería luchar contra la repentina independencia que quería conquistar, por eso, se la cosía a los pies y procuraba que fuera una sombra normal, como todas las del mundo. Yo, en el caso del fuego, me hubiera intentando descoser aquella unión tan peligroso que había entre la espalda y la persona. Pero ella no. Ella continuaba su paso, firme, tranquilo y seguro entre aquel campo de trigo.

Es amenazador. Quiero decir, ver a una persona rebosante de fuego puede resultar un poco amenazante, ¿no? Pero no era su caso. Su tranquilidad, su sosiego y su rostro neutral hacía que el fuego hubiera agotado toda su vitalidad, toda su fuerza y agresividad para transformarse en algo diferente, un fuego manso, un fuego apacible, un fuego no fuego.

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Y es que ella era capaz de hacer todo esto. Todo esto y mucho más. Si te unías a su paso, si ibas caminando tras ella, al final terminabas contagiándote de su esencia. Hay personas en el mundo que tienen un don, que tienen una energía que parece casi mágica (o sin el “casi”, mágica y punto). Y Nat era una de ellas.

Aquella misma mañana, la mañana previa a la aparición del fuego, Nat me dijo que necesitaba respirar, “Necesito respirar, ¿me acompañas?”. Y la acompañé. Cogimos mi destartalado coche, bajamos las ventanas para que el calor del verano pudiera apaciguarse y emprendimos el camino hacia el campo. En otras ocasiones, Nat y yo hubiéramos encendido el aparato de música, hubiéramos vociferado nuestras canciones favoritas y nos hubiéramos tomado una birra al volante. Pero aquella mañana era diferente. Ella no me había dicho nada pero yo sabía que era diferente, ya he dicho antes que Nat era mágica, ¿recuerdas? Pues esa era una parte de su magia. Sin hablar, entendías, entendías muy bien.

Cuando llegamos al campo, ella bajó del coche, empezó a correr a través del campo de trigo y, cuando se cansó, cuando se agotó, se quedó quieta, cogió una bocanada profunda de aire y empezó a gritar. No era un grito agresivo, ni un grito de rabia, odio o algún sentimiento oscuro. Era un grito liberador, un sacar afuera todo lo que tienes adentro y que te hace estar mareada, cansada y con ganas de vomitar. Ella necesitaba sanarse, necesitaba vaciarse para, así, volver a poder a llenarse. Era una depuración del organismo, una desintoxicación de sí misma.

No le dije nada. Cuando volvió al coche vi que su expresión había cambiado. Sonreía levemente. Era una sonrisa casi escondida, una sonrisa que no quería salir del todo pero que ya empezaba a aparecer bajo sus  labios. Pero con el grito no había sido suficiente. Nat necesitaba todo el día de curas para poder volver a sonreír con todos los dientes.

Encontramos un árbol frondoso en medio de aquel campo dorado de trigo y decidimos cobijarnos bajo su copa. Hacía calor y la sombra que prometía desde la lejanía se nos hacía deseosa y necesaria. Dejamos el coche y caminamos por en medio del campo. Era un sitio bonito, muy bonito, en el que estábamos completamente solas y rodeadas de pura belleza. Nunca imaginé que, en medio de aquella estampa tan preciosista, en medio de aquel paisaje de postal, pudiera enterarme de un secreto tan horripilante. Sí, esa es la palabra: horripilante.

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Sacamos un pedazo de sandía y una botella de agua fresca. Nos tumbamos bajo el árbol y, entonces, Nat empezó a hablar. “Gracias por acompañarme, necesitaba una bocanada de aire puro”, “Para eso están las amigas”, “Eso dicen”, “¿Estás mejor?”, “Sí, me ha ido muy bien volverme loca por un momento”, “No te has vuelto loca”, “No, no lo he hecho”, “¿Qué es lo que pasa, Nat?”, “Nada, solo necesitaba escaparme un momento, hacer un break en mi rutina y descansar la mente, sobre todo, descansar la mente”.

Estuvimos calladas durante unos cinco o diez minutos, no sabría decirte exactamente. Entendía que mi amiga no tenía ganas de hablar, solo quería un acompañante para su repentino deseo de escapismo y nada más. Así que acepté mi papel de aquel día sin rechistar. Pero…

“Creo que he matado a Carmen”. Y la primera llama empezó a aparecer en su piel. No dije nada, me quedé muda, sin saber qué decir, qué hacer, qué añadir. Carmen era la mujer de su hermano, era su cuñada. Al principio Nat y ella se llevaban muy bien, incluso se apuntaba a nuestros planes, nos íbamos las tres juntas de fin de semana, salíamos a bailar. Pero, de repente, Carmen dejó de venir con nosotras. Nat me decía que era porque estaba muy ocupada, que le había salido un trabajo nuevo y blablabla. Me lo creí, ¿por qué no iba a hacerlo? Pero no era por eso, claro que no.

“Esta mañana, antes de llamarte a ti, había ido a casa de mi hermano. Quería ver a mis sobrinos y llevármelos, no sé, a la playa, a la piscina o a comer un helado. Iba con esa predisposición, lo juro. Pero lo ha vuelto a hacer, lo ha vuelto hacer delante de mí, delante de sus hijos… Y yo no lo he podido soportar más”.

Entonces me lo contó todo. Carmen maltrataba a su hermano. Se ve que hacía años, muchos años, que se repetía esta situación. No era un maltrato centrado en lo físico pues la fuerza de ella era mucho menor que la de él. Era esencialmente psicológico, una forma de anular, humillar y despreciar a su hermano constante. Dejamos de ir con Carmen precisamente por eso. Nat se encontró un día a su hermano en la puerta de su casa. Estaba llorando, con una pequeña maleta de mano a rebosar y el corazón roto en dos, tres, cuatro o mil quinientas mitades.

“Estamos acostumbrados a que haya violencia machista, a que la mujer sea la víctima. Pero también ocurre al revés, la violencia maquiavélica de la que tan expertas son algunas mujeres, puede lanzarse contra sus parejas y entonces ¿qué? No hay marcas, no hay señales, no hay sangre externa. Todo ocurre por dentro. Y además está el tema de la hombría. Mi hermano tardó casi un año en contarme todo esto por vergüenza a lo que pensaría de él. Supongo que creería que le consideraría un nenaza, un calzonazos o vete tú a saber qué. Estuvo una semana viviendo conmigo y me prometió que se cogería un piso para él solo y empezaría de nuevo. Pero no fue así. Esa dependencia viciosa que existe entre el maltratador físico y la mujer maltratada también existe cuando el daño es psicológico. Te han anulado tanto, te han relevado a la categoría de ser inferior que tu autoestima y confianza se han desvanecido. Y eso le pasó a mi hermano”.

La historia que Nat me estaba contando había ocurrido hacía siete años. Siete años. Durante este tiempo, la pareja había vuelto a estar junta, había tenido dos preciosos hijos y se había comprado una casa con jardín. “La casa de los horrores”, tal y como la definió mi amiga. Aquel día, aquella mañana antes de nuestra visita al campo, Nat había presenciado esa humillación. Carmen lo había hecho delante de ella y delante de sus hijos. Y a Nat le empezó a aparecer un fuego en las entrañas, un fuego caliente y violento que no pudo controlar.

“Te lo juro. Ha sido como si, de repente, mi estómago empezara a sacar fuego. Nunca había sentido algo parecido, ya me conoces. Pero ha sido ver eso y el calor abrasador ha invadido mis intestinos de tal modo que, o lo sacaba, o podía llegar incluso a morir”.

Y lo sacó. Le pidió a su hermano que se llevara a los niños al jardín y Nat se quedó a solas con Carmen. Dejó que el fuego saliera naturalmente de su interior hacia afuera, hacia aquel otro fuego con el que Carmen hacía tiempo que convivía. Y, ya se sabe, el fuego atrae al fuego. Así que el de Nat se mezcló con el de Carmen y, al final, el de mi amiga fue más fuerte.

En cuanto vio el resultado de aquella batalla ardiente, Nat cogió su bolso y se marchó corriendo de casa de su hermano. “Tengo el móvil apagado, no me atrevo a abrirlo”. Me dijo bajo la sombra de aquel árbol. “Nat, enciende el móvil ahora mismo”, “¿Y si…?”, “Ese “Y si” estará sin respuesta hasta que enciendas el teléfono y te enteres de lo que ha pasado”, “No sé qué le voy a decir a mi hermano”, “No tienes que decirle nada, solo ponerte en contacto”.

Y fue entonces cuando mi amiga se levantó de la sombra de aquel que ya se había convertido en nuestro árbol, en nuestro cobijo, y empezó a caminar campo a través con el fuego en su espalda, como si fuera su sombra. Parecía que ni siquiera se daba cuenta de que lo tenía allí. Caminaba hacia el coche, con el paso tranquilo, firme y seguro. Tenía toda la espalda cubierta de abrasadoras llamas pero ella ni se inmutaba, ni un gesto de dolor, escozor o molestia. Nada de nada.

Pero aquel fuego se apagó. En cuanto salió del coche vi cómo el agua de las lágrimas habían apagado el fuego. Todo estaba bien. Carmen solo tenía un pequeño golpe en la cabeza, como si solo se hubiera chocado contra una puerta. Nada más. Nat volvió a ser Nat. Y su hermano volvió a ser él. Después de aquello decidió que ya estaba bien. Así que cogió su maleta, esta vez sí, y se marchó a vivir al campo. “Necesito respirar”, le dijo a Nat cuando se despidió de ella. “Pues respira” y le dio un beso en la nariz.

eliatabuenca
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