• elia.tabuenca@gmail.com

Luz en el agua

cuento2

Luz en el agua

Y estaba inmersa en aquel cielo, en aquel monte, en aquel país cuando me di cuenta lo fácil que era esto de volar. Siempre había pensado que para poder tener alas, debía fabricarlas con mucho esmero, pluma a pluma, pegarlas a mi cuerpo con cuidado y paciencia, mucha paciencia, (pues el proceso de pegado al cuerpo no es tan fácil como parece, se necesita hilo, se necesitan agujas y se necesita superar el dolor y la sangre). Llevaba ya algunos años con ese proyecto en mi mente, con la elaboración de mis dos preciosas y fantásticas alas que serían capaces de permitirme volar, mi sueño más añorado y por el que hacía tiempo que suspiraba. Pero entonces, viajé allí, a ese país, con esa gente y vi que, en el fondo, había perdido el tiempo. Y mucho.

Me había empeñado en fabricarme unas enormes alas, me había metido en complicados cálculos de ingeniería con los que sería capaz de emprender el vuelo, me había empeñado en recolectar las mejores plumas de las mejores aves de los mejores lugares del mundo. Para nada. Exacto. P-a-r-a-n-a-d-a. Porque, aquella noche, vi que para poder emprender el vuelo no hacían falta aquellas dos alas.

Recuerdo que hacía rato que habíamos cenado. Él estaba en la habitación de nuestra “guest house” durmiendo, “Estoy muy cansado y mañana nos espera un duro día”. Éramos amigos aunque, en el fondo, los dos sentíamos cómo el pumpum se aceleraba cada vez que estábamos juntos. Pero éramos amigos, eso habíamos dicho al mundo y eso era lo que tocaba ser. Así que se fue a dormir, nos despedimos con una disimulada caricia de manos y yo salí afuera a dar un paseo. La noche en Gambia tenía algo que enganchaba, como un imán que atrae a los metales, aquel manto estrellado me atraía como a una autómata. Salí de la habitación para dejarle dormir y empecé a caminar a orillas del mar.

cuento3

En nuestros posteriores viajes casi nunca hemos tenido el privilegio que tuvimos en este, nuestro primer viaje juntos. Dormíamos en una habitación que estaba pegada pegadita al mar. Cuando todo estaba en silencio, como aquella noche, podías oír las olas rompiendo en la orilla casi como si estuvieras tumbada sobre la toalla a escasos metros del agua. Era magnífico. Así que, en cuanto él se fue a dormir, yo me fui al agua. Fue, como ya he dicho, una atracción irrompible, una atracción imantada.

Empecé a pasear por la orilla para que aquel agua africana acariciase mis pies. Era de noche pero hacía calor, mucho calor. El mar siempre me ha dado un poco de miedo, la verdad, me gusta nadar pero solo hasta donde me siento segura. La inmensidad de lo desconocido me empequeñece y hace que tiemble de miedo o de emoción, no sé. Pero tiemblo, tiemblo tanto que mis piernas, muchas veces, se bloquean. Así que siempre me quedo cerca de la orilla. Aquella noche no.

No sé qué es lo que me pasó, la verdad. Solo sé que yo estaba caminando, dejando que el agua acariciara mis dedos cuando vi que un poco más allá, a lo lejos, entre el agua, había algo que brillaba con mucha intensidad. Lo primero que hice fue girarme, observar detenidamente aquel reflejo y pensar con lógica lo que podía ser. ¿Un pez luminoso? Los había visto en documentales pero no sabía que subían a la superficie. “No”, pensé. Así que, nuevamente, volví a usar la lógica. ¿Un pedazo de plástico? No, tampoco brillaría tanto entre toda aquella oscuridad. Decidí que no me movería de allí hasta que supiera lo que era aquella misteriosa ráfaga de luz. Así que me senté en la orilla, dejé que el agua mojara mis piernas y me fundí, sin darme ni siquiera cuenta, con el mar nocturno.

Ya he dicho que el mar siempre me ha dado respeto. Y el mar nocturno MUCHO más. Entre aquel agua oscuro-transparente es cuando realmente te das cuenta de lo insignificantes que somos las personas, de lo lejos que estamos, aún, de la total comprensión de la naturaleza. No tenemos ni idea. Pero nosotros seguimos construyendo móviles cada vez más pequeños, televisores cada vez más grandes y coches cada vez más veloces. Pero de esto otro, de nuestro auténtico origen, de la “Pacha Mama”, no tenemos ni la más pajolera idea. Y a mí, todas estas sensaciones, me inundan cuando toco el agua del mar pero, más aún, cuando lo hago de noche.

Pero aquella luz me tenía hipnotizada. Así que dejé que el agua cubriera mis piernas mientras yo, sentada en la orilla, reflexionaba sobre el origen de aquella inesperada iluminación marina. Cuando estaba a punto de rendirme, con el frío invadiendo mis poros y el sueño llamando a la puerta de mis párpados, miré al cielo y lo comprendí todo. Comprendí que para volar no me hacían falta las dos alas que llevaba tiempo construyendo. Comprendí que para volar tan solo tenía que superar mis miedos y fundirme, completamente, con la naturaleza.

cuento

Así fue como, invadida por un nosequé, me zambullí en aquel mar de Gambia, por la noche y completamente sola, para nadar desesperadamente hacia aquella luz. Cuando llegué, abrí la palma de mi mano, agarré un pedazo de agua y, al mismo tiempo, agarré un pedazo de estrella. El cielo y el mar se unían en aquella porción de agua que, en ese momento, chorreaba entre mis dedos. Y yo estaba allí, con los ojos llenos de mi propia agua entendiendo que, para volar, tan solo tenía que hacer precisamente eso: dejar de pensar, zambullirme en el mundo y descubrir todas sus maravillas.

Y eso hago desde entonces. Hace cinco años que viajé a Gambia. Hace cinco años que comprendí que, para volar, las alas que tanto me empeñaba en construir eran completamente innecesarias.

eliatabuenca
eliatabuenca

Deja un comentario