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Tardes en blanco

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Tardes en blanco

El tiempo se escapa entre los sorbos de café, las llamadas telefónicas y las visitas al supermercado para hacer la compra. Estamos todo el día haciendo, haciendo y haciendo y, al final, es nuestra vida la que se queda a medio hacer. Por eso, cuando Roberto y yo jugábamos a pasar las tardes en blanco, alterábamos el orden de las cosas: no hacíamos nada, solo estábamos.

Estábamos allí, en el jardín de casa, en la buhardilla, en el comedor. Estábamos en un mundo en silencio, que parecía que se hubiera quedado quieto, parado, como si alguien hubiera apretado el Stop para ir un momento a hacer pipí. Y entre aquella quietud, mi hermano y yo sentíamos el latir de la vida, nuestra propia respiración, el contacto de los pies con la tierra.

Quizás parece una tontería pero pararse un poco, dedicar un momento del día o de la semana a respirar, contemplar y estar, solo estar, es necesario para darnos cuenta de que estamos vivos.

Fragmento de mi nueva novela

eliatabuenca
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