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La niña fuego

La niña fuego

Quiero contarte un secreto. Un secreto que hace tiempo que tengo acallado pero que, creo, ya ha llegado al momento de sacar a la luz.

Todo empezó una tarde de invierno. Ella entró revoloteando por aquellos pasillos viejos y estrechos. Yo la vi desde el principio, desde mucho antes de que ella cruzara conmigo una mirada. Vi cómo sus ojos se movían llenos de vida, nerviosos y muy abiertos, buscando, siempre buscando. Y me buscaba a mí. Buscaba ese pequeño espacio de sueños y risas que, sin saberlo, íbamos a empezar a crear.

Recuerdo que cuando, por fin, la tuve delante, me quedé hipnotizada. Empezó a hablar, a reír y a mover sus manos para intentar comunicarse mejor conmigo. Yo no la conocía de nada pero, desde aquel primer contacto, desde aquel choque de energías, supe que ella no era como las demás. Era una diferente. Era energía, era alegría, era inquietud.

Le dije de quedar para tomar una cerveza. Y ella aceptó. Nos quedamos aquella tarde y muchas, muchísimas más. Hubo tardes que se convirtieron en noches y, después, en madrugadas. Bailamos, bebimos, reímos y vivimos, vivimos mucho. Todo aquello duró casi un año pero, entonces, me dijo que se iba. “Normal”, pensé yo. “Normal”, sigo pensando. Aquel torbellino de vida que se había colado en la mía aquella tarde de teatro, no podía quedarse quieto más tiempo, no podía. Así que cogió su mochila y se fue a descubrir un nuevo mundo.

Pero un día vi su rostro de nuevo. Era una foto. Alguien se la había hecho en uno de sus viajes. Yo hacía tiempo que no veía su rostro, que no veía su mirada. Y, cuando vi aquella foto, entendí lo que pasaba. En realidad, yo siempre había intuido que había algo en ella que no era normal. Había algo extraordinario, mágico, inexplicable. Supongo que, por eso, desde el primer día que la conocí, me quedé hipnotizada de ella. Al ver esa foto lo entendí todo.

La metamorfosis se había completado. Yo, en Barcelona, en casa, había podido asistir a algunos de los primeros cambios. Pero, ya sabes, a veces nos cuesta ver hasta lo más obvio. Ella, poco a poco, se había ido transformando delante de mis ojos y yo, por mi ceguera, no había sido capaz de ver ni entender lo que ocurría. Pero al verla allí, en esa foto, tan lejos y, tan cerca al mismo tiempo, me di cuenta de todo lo que no había visto durante nuestro tiempo juntas.

Creo que ella tampoco se dio cuenta de lo que ocurría. Creo que ella, en el fondo, sentía un impulso, una necesidad que le empujaba a hacer aquellos pequeños cambios: pelo rojo, ojos grandes, piel más intensa… Los cambios iban sucediendo en nuestro día a día pero no éramos capaces de comprender el porqué de todo aquello. Iba sucediendo. Y punto.

Pero, con aquella foto, me di cuenta de todo su proceso. Y me di cuenta, también, de la ceguera que impide que seamos conscientes de las cosas más importantes de la vida. Aquella foto era ella en todo su esplendor. Julia se había convertido en fuego.  Y su metamorfosis había comenzado aquí, junto a mí, en aquellas noches de risas, sueños y conexión.

El cambio había sido tan natural, tan progresivo y tan obvio que no fuimos capaces de darnos cuenta de que había sucedido. Pero, gracias a esa foto, gracias a esa imagen desde la distancia, pude ver lo que antes no había sido capaz de apreciar con mis ojos. Y es que Julia, mi amiga Julia, se había metamorfoseado en fuego. Una persona que ilumina el camino por donde pasa, que calienta los corazones de aquellos a los que mira, que quiere expandirse por la vida, por la naturaleza y por las personas. Como un fuego intenso que lo devora todo. Ella devora la vida.

Y este el secreto que quería contarte. Un secreto que creo que ni siquiera ella conoce . Julia no es una persona normal y corriente, qué va. Julia es una niña-fuego.

eliatabuenca
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