• elia.tabuenca@gmail.com

Fosforito

fosforito

Fosforito

Abrí los ojos y lo noté. Tenía algo diferente. Mi cuerpo no era el mismo que el de la noche anterior. Un gusano parecía haberse colado entre mis venas y no dejaba de moverse por cualquier recoveco de mi piel. Era muy desagradable. Casi asqueroso. Intenté calmar esa sensación. Me duché. Froté bien el cuerpo. Cada pliegue. Cada rincón. Usé el jabón más jabonoso que había en el mercado. Pero nada. Ese gusano seguía moviéndose a sus anchas. Sin prisa pero sin pausa. No dolía pero tampoco era agradable. Era raro. Eso es. Era raro.

Me di cuenta de lo que ocurría cuando fui al baño. Me bajé los pantalones. Me bajé las bragas. Y, entonces, apareció. Un rayo de luz salía de mi entrepierna. Era un rayo de luz tímido. Como cuando tienes un interruptor regulable de intensidad y lo tienes bajito. Un rayo de luz que creaba un ambiente tenue, por así decirlo. Pero un rayo de luz, al fin y al cabo.

Miré a mi alrededor. Estaba sola. El secreto estaba a salvo. Nadie me había visto. Pero… ¿qué era esa luz que salía de mi cuerpo? Asustada, me subí las bragas y me mojé la cara. El frío del agua siempre va bien para despejar la mente. O para congelarnos tanto la piel que solo podamos pensar en el frío, quién sabe. El hecho es que me lavé la cara y me sentó bien. Estaba más relajada.

Pero a media mañana, mientras estaba trabajando e inmersa en mis quehaceres cotidianos, ese rayo de luz empezó a salirme del pecho. Recuerdo que aquel día llevaba una camiseta blanca y, por eso, me di cuenta enseguida. De hecho, creo que fui la primera en percatarme de que esa luz estaba agujereando mis senos para proyectarse levemente sobre la pantalla de mi ordenador. La luz también era una luz tenue, como minimizada, como para crear un ambiente íntimo y privado.

Lo primero que hice fue cubrirme la zona con un pañuelo. Hacía calor. Afuera la temperatura superaba los 25 grados y yo corrí a taparme el cuello y el pecho con un pañuelo de la talla XXL. ¿Qué iba a hacer? No podía dejar que ese rayo fuera descubierto por mis compañeros porque, ¿qué les diría? “Mira, Lucas, hoy me ha dado por estar brillante, resplandeciente, así que supuro rayos de luz hasta por la vagina”. No, ¿verdad? No.

Así que la ocultación fue el primer paso para evitar dejarme en evidencia ante mis compañeros. Aguanté como pude hasta la hora de la comida pero, entonces, sentí que aquel gusano que me había estado molestando todo el día, había cambiado de sitio. Ahora ya no estaba en mi tronco sino que se había desplazado por los brazos y me hacía cosquillitas en la punta de los dedos.

Sí. La luz empezó a salir por mis dedos. Una luz que, ahora, sí que era más fuerte, más brillante, al más puro estilo ET cuando quiere que le lleven a casa. Agobiada por mi nueva apariencia, decidí marcharme de allí cuanto antes. “He quedado para comer”, dije entre gritos para despedirme sin que me miraran. No sé si alguien me vio pero, si lo hizo, espero que no viera el estallido de luces y colores que salía por casi todo mi cuerpo.

Me fui de inmediato al hospital. Aquello no era normal. Tenía que haber pillado algo raro. Una enfermedad de esas que salen por la televisión o que impregnan las páginas de las novelas. Algo me estaba pasando, de eso no había duda alguna. Pero cuando llegué a urgencias y expliqué lo que me pasaba, la enfermera me miró de arriba abajo y, con cara de asco, me invitó a irme a dormir la mona a casa.

Entonces lo hice. Sí, ¿qué querías que hiciera? Me bajé los pantalones, me bajé las bragas y le mostré el rayo de luz que salía entre mis piernas. Ahora era más intenso que antes, mucho más. Parecía que un arco iris se había hecho dueño de mi interior.  Y me ingresaron. Inmediatamente.

Estuve días en observación. Nadie me decía nada. Pero todos me sonreían. Nadie sabía qué era lo que me pasaba. Y el gusano que no se iba. Lo notaba por el interior de todo mi cuerpo, circulaba por las piernas, por los tobillos, por la nuca… El gusano se había adueñado de mi cuerpo como si fuera su nuevo y confortable hogar del que no quiere salir. Pero a mí me dolía. Bueno, más que doler: me daba asco.

Los colores que salían por mi piel eran cada vez más intensos. Ahora parecía que la ruedecita de la luz se había movido y que proyectara una luminosidad casi al máximo. Mi piel brillaba, mi vagina brillaba, mis ojos brillaban. Toda yo brillaba. Creía que estaba a punto de hacer algo grande, cambiar el mundo o, al menos, cambiar el rumbo de nuestra especie humana. ¿Sería yo la elegida?, ¿habría metamorfeseado como los Xmen y ahora era una mutante con el poder de la luz? No. Ni por asomo.

A los pocos días de estar ingresada vino a verme el doctor Palacios. Él también sonreía. Con una voz muy dulce y familiar me dijo que tendría que quedarme unos días más hospitalizada. Nadie sabía lo que me pasaba así que empezó a hacerme preguntas, preguntas un tanto extrañas: qué era lo que más deseaba en la vida, qué sueños tenía de pequeña, si era feliz. Un tipo de preguntas muy poco apropiadas entre la comunidad médica. Pero, claro, yo estando como estaba, convertida en un arco-iris, y con aquel susto en el cuerpo, lo respondí absolutamente todo.

Estuve más de un mes encerrada en aquella blanca habitación. Hasta que una tarde, cuando me despertaba de la siesta, entró una mujer, una desconocida, que había oído mi caso entre los doctores. Se acercó hasta mi cama, me acarició el pelo y solamente abrió los labios para decirme: “La vida te está hablando. Escúchala”. Capté el mensaje.

Así que si alguna vez sientes que te ha invadido un gusano bajo la piel, no le tengas miedo. Deja que se mueva, deja que circule por todas tus venas. Al principio da un poco de asco, es verdad, pero después serás una persona que desprenderá luz en todo tu cuerpo. Una luz intensa, brillante y colorida. Luz de fosforito saliendo de los poros. Suena bien, ¿a que sí?

eliatabuenca
eliatabuenca

Deja un comentario