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Os dejo un vídeo de (Des)Conocidas

Después del gran éxito que está teniendo mi novela “(Des)Conocidas” he decidido hacer algunos vídeos con algunos fragmentos leídos por mí misma.

La verdad es que para mí fue todo un reto porque no estoy acostumbrada a leer en voz alta. Yo solo escribo, es decir, hablo en silencio. Pero me apetecía sacar mi voz y poder leer algunos fragmentos que, para mí, son especiales.

Aquí os dejo el primero de ellos. Espero que os guste 🙂

Y si aún no tienes el libro… ¡aquí lo puedes comprar! 

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(Des)Conocidas, mi nueva novela

Estoy MUY feliz de anunciar que el viernes 4 de enero a las 20h presento mi nueva novela “(Des)Conocidas” en Zangamanga Bar.

Será un acto GRATUITO con intervenciones artísticas como lecturas dramatizadas, videoproyecciones, música , etcétera.

Cada asistente recibirá una consumición GRATIS como obsequio por haber venido a la presentación. Brindaremos con vino o con cava y disfrutaremos de una tarde de literatura y teatro 🙂

Sinopsis de (Des)Conocidas, mi nueva novela

Con “(Des)Conocidas” nos situamos en el año 2063, en un futuro no tan lejano y con un panorama político que bien podría ser real. Después de los atentados del 11 de septiembre, nuestra sociedad empieza a vivir con miedo. La política del terror se hace dueña de todos los países del mundo y, poco a poco, los partidos más conservadores empiezan a ganar poder.

En “(Des)Conocidas” nos encontramos dos historias paralelas de dos mujeres golpeadas por la vida y que han decidido aislarse del mundo para vivir protegidas. Una protección ficticia que no puede protegerlas de algo que les duele muchísimo más que nada: sus propios recuerdos.

Daniela y Martina son dos mujeres aparentemente desconocidas. Pero, un día, Daniela descubrirá que entre sus vidas existe una gran conexión. Y decidirá escribirle una larga y extensa carta a Martina.

Por supuesto, en el evento también habrá venta de libros y firma de ejemplares.

Te espero con los brazos abiertos! 🙂

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Fuego…

Lola: (Llorando, nerviosa) De verdad, hicisteis muy bien bajando aquí… Lo de allí arriba, lo de allí arriba es el infierno, es como si el apocalipsis hubiera llamado a nuestras puertas y nos hubiera ido atacando uno a uno…

(Se quita la chaqueta con la que va abrigada, tiene calor) Aquí abajo se está bien. Es normal que decidierais bajar aquí. Allí arriba, te asas de calor. El fuego lo está arrasando todo y, aunque estés sudando a mares, no puedes quitarte la chaqueta ni un minuto. Es peligroso. El fuego cada vez es más fuerte, más intenso, y a la mínima puede avivarse y arrasar con todo lo que tenga delante. Con todo.

(Caminando por el espacio, observando cada rincón) Pero aquí se está bien… Aquí habéis creado algo así como un pequeño hogar, ¿no? Donde antes vivían las ratas, ahora vivimos nosotros, qué curioso. O es que, quizás, ahora nosotros somos las ratas y estamos en el sitio que nos merecemos, quién sabe…

Fragmento de Fuego, nuevo monólogo

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¡Arranca Laberinto Produciones!

Estoy muy contenta de informaros de que, a partir de esta nueva temporada 2018/19, hay una nueva productora de artes escénicas en Barcelona: Laberinto Producciones.

Nuestra misión es crear espectáculos que, al igual que hacen los laberintos, investiguen y experimenten con nuevos modelos y nuevas maneras de crear piezas teatrales. Creemos en la innovación del teatro y en romper las “reglas” que se deben cumplir encima de los escenarios.

Por eso, en Laberinto Producciones queremos experimentar con el teatro, crear algo así como un laboratorio artístico donde el arte, el humor y la crítica social sean los principales protagonistas.

Así que… ¿nos acompañas al laberinto? 🙂

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Presento “Opción C”, pieza de microteatro

Con la nueva productora Laberinto Producciones, presentamos “Opción C”, una nueva pieza de microteatro que se presentará en Barcelona.

Es una obra que he escrito y dirigido y con la que tengo el lujo de trabajar con actores como Artur Díaz, Julia Leyva o Sandra Sas. 

Sinopsis de Opción C

Tres personas se encuentran en un hotel. Parece ser que el drama está a punto de estallar pero, entonces, uno de ellos decide que ya está bien de tanto llorar.

Opción C es una comedia de microteatro en la que tres personajes tienen ganas de mostrar algo nuevo al público. Os sorprenderá 🙂

Gira de Opción C, microteatro

  • Julio 2018: todos los jueves a partir de las 20h en el hotel Chic&Basic Velvet
  • Septiembre 2018: el 30 de septiembre a partir de las 19h en el Espai POE-tic de Barcelona
  • Octubre 2018: el 10 de octubre a las 20h estaremos en Club Cronopios de Barcelona

¡Síguenos en Laberinto Producciones para enterarte de todas las novedades!

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La niña fuego

Quiero contarte un secreto. Un secreto que hace tiempo que tengo acallado pero que, creo, ya ha llegado al momento de sacar a la luz.

Todo empezó una tarde de invierno. Ella entró revoloteando por aquellos pasillos viejos y estrechos. Yo la vi desde el principio, desde mucho antes de que ella cruzara conmigo una mirada. Vi cómo sus ojos se movían llenos de vida, nerviosos y muy abiertos, buscando, siempre buscando. Y me buscaba a mí. Buscaba ese pequeño espacio de sueños y risas que, sin saberlo, íbamos a empezar a crear.

Recuerdo que cuando, por fin, la tuve delante, me quedé hipnotizada. Empezó a hablar, a reír y a mover sus manos para intentar comunicarse mejor conmigo. Yo no la conocía de nada pero, desde aquel primer contacto, desde aquel choque de energías, supe que ella no era como las demás. Era una diferente. Era energía, era alegría, era inquietud.

Le dije de quedar para tomar una cerveza. Y ella aceptó. Nos quedamos aquella tarde y muchas, muchísimas más. Hubo tardes que se convirtieron en noches y, después, en madrugadas. Bailamos, bebimos, reímos y vivimos, vivimos mucho. Todo aquello duró casi un año pero, entonces, me dijo que se iba. “Normal”, pensé yo. “Normal”, sigo pensando. Aquel torbellino de vida que se había colado en la mía aquella tarde de teatro, no podía quedarse quieto más tiempo, no podía. Así que cogió su mochila y se fue a descubrir un nuevo mundo.

Pero un día vi su rostro de nuevo. Era una foto. Alguien se la había hecho en uno de sus viajes. Yo hacía tiempo que no veía su rostro, que no veía su mirada. Y, cuando vi aquella foto, entendí lo que pasaba. En realidad, yo siempre había intuido que había algo en ella que no era normal. Había algo extraordinario, mágico, inexplicable. Supongo que, por eso, desde el primer día que la conocí, me quedé hipnotizada de ella. Al ver esa foto lo entendí todo.

La metamorfosis se había completado. Yo, en Barcelona, en casa, había podido asistir a algunos de los primeros cambios. Pero, ya sabes, a veces nos cuesta ver hasta lo más obvio. Ella, poco a poco, se había ido transformando delante de mis ojos y yo, por mi ceguera, no había sido capaz de ver ni entender lo que ocurría. Pero al verla allí, en esa foto, tan lejos y, tan cerca al mismo tiempo, me di cuenta de todo lo que no había visto durante nuestro tiempo juntas.

Creo que ella tampoco se dio cuenta de lo que ocurría. Creo que ella, en el fondo, sentía un impulso, una necesidad que le empujaba a hacer aquellos pequeños cambios: pelo rojo, ojos grandes, piel más intensa… Los cambios iban sucediendo en nuestro día a día pero no éramos capaces de comprender el porqué de todo aquello. Iba sucediendo. Y punto.

Pero, con aquella foto, me di cuenta de todo su proceso. Y me di cuenta, también, de la ceguera que impide que seamos conscientes de las cosas más importantes de la vida. Aquella foto era ella en todo su esplendor. Julia se había convertido en fuego.  Y su metamorfosis había comenzado aquí, junto a mí, en aquellas noches de risas, sueños y conexión.

El cambio había sido tan natural, tan progresivo y tan obvio que no fuimos capaces de darnos cuenta de que había sucedido. Pero, gracias a esa foto, gracias a esa imagen desde la distancia, pude ver lo que antes no había sido capaz de apreciar con mis ojos. Y es que Julia, mi amiga Julia, se había metamorfoseado en fuego. Una persona que ilumina el camino por donde pasa, que calienta los corazones de aquellos a los que mira, que quiere expandirse por la vida, por la naturaleza y por las personas. Como un fuego intenso que lo devora todo. Ella devora la vida.

Y este el secreto que quería contarte. Un secreto que creo que ni siquiera ella conoce . Julia no es una persona normal y corriente, qué va. Julia es una niña-fuego.

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Sentimientos

Ira

Sudor, gritos, lágrimas en el interior de pecho. Por fuera puedo sonreír, lanzar una falsa mueca que parezca decir a todo el mundo “Estoy bien”. Pero por dentro… Por dentro tengo fuego, tengo rayos y truenos que hacen tambalear mi espíritu. No puedo dormir. No puedo pensar. Solo pienso en gritar. En salir de aquí. En romper esta cárcel que es mi cuerpo, que es mi mente, y correr durante horas, correr durante días, correr hasta no poder más y caer rendida sobre la hierba verde .

Me iré de aquí, me iré corriendo, me iré gritando para ver si, así, consigo que esta oscuridad se despegue de mi sombra. No quiero más color negro. Quiero color verde. Quiero color azul, amarillo, naranja. Así que correré, correré hasta quedarme sin aliento y hasta que consiga borrar el negro que me vive bajo mis pies.

Solo así podré volver a respirar tranquila y a apaciguar esta guerra que tengo en mi interior. Porque las guerras que más cuestan ganar no son las de fuera, no. Las guerras que más cuestan ganar son las que se libran en el interior de tu pecho. Así que me arrancaré el corazón, si hace falta, para que vuelva a resurgir uno nuevo, puro y sin heridas abiertas.

Tristeza

Cansancio. El cansancio se apodera de mi cuerpo haciendo que, cada vez, mis movimientos sean más pesados, más torpes, más inestables. Conseguí marcharme, conseguí correr hasta quedarme sin aliento. Y todo ¿para qué? Para volver a encontrarme aquí, frente a mi espejo, con el gesto cansado, la voz cortada y mi piel de un color tan blanco que, incluso, asusta.

Vuelvo a estar aquí y me doy cuenta de lo absurda que fue mi huida. Me fui con mucha prisa, me fui con mucho miedo, me fui con mucha ira pero, al final, vuelvo a estar aquí. Sin prisa, sin ira, pero con miedo, mucho miedo. No tenía que haber huido. Tenía que haberme quedado aquí, mirar a esa estúpida que me mira a través del espejo y gritarle, “Ven aquí, ¡no te tengo miedo”. Pero no lo hice. Lo que hice fue marcharme, dejar de mirarme al espejo y sentir que todo iba bien. Todo iba falsamente bien.

Superación

Ha llegado el día. La batalla final. Tú y yo vamos a mirarnos las caras, de una vez por todas. Vamos a escupirnos todo lo que pensamos y veremos quién llega hasta el final. Ya no estoy cansada. Ahora me siento fuerte y preparada para mirarte a los ojos y no apartar la mirada. No te tengo miedo. Ya no. He decidido ponerme mi traje de militar, por última vez, coger mi escopeta de palabras y enfrentarme a ti en esta batalla que parece que nunca tenga fin. Prepárate.

No me gusta lo que veo. No me gusta mi reflejo. No me gusto, es más, me odio. Odio ser una cobarde. Odio haber huido. Odio haber llorado. Odio no saber quién soy y seguir corriendo para ver si, así, me encuentro conmigo misma. Odio no reconocerme en las fotos viejas. Odio no sentir a mi niña interior. Odio trabajar tanto y ver cómo la vida se escurre por mis manos. Odio dejarme llevar por la corriente. Odio no plantarme cara y decirme en voz alta: ¿A qué coño estás esperando para vivir con los brazos abiertos?

Amor

El calor vuelve a recorrer mi cuerpo. Siento cómo el color blanco-muerte que se había instaurado en mi rostro, empieza a desaparecer para dejar paso a un color más cálido, más enérgico, un color repleto de vida. Mi corazón empieza a latir con normalidad. Ya no tengo miedo.

Dejo las ventanas siempre abiertas para que el aire fresco inunde mi habitación. Se está bien así.  Se está bien reecontrarte con tu reflejo y ver que sonríe con la boca bien abierta. Se está bien vivir tranquilo. Se está bien vivir.

Solo tenía que cuidarme. Solo tenía que mirarme. Solo tenía que sonreírme. Solo tenía que quererme. Solo tenía que recordar aquello que aprendí de pequeña gracias a mi padre: All you need is love. Pues sí: all you need is love.

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Amigos

“Si Nacho es mi amigo-marido, Luis es mi hermano-amigo. Tener dos grandes amigos en tu vida es algo extraordinario pero también es difícil de llevar porque los seres humanos tenemos una extraña competencia que hace que siempre nos estemos comparando con el resto de personas que rodean a nuestro ser querido.

No sé si eso será porque vivimos en un mundo en el que la competitividad está a la orden del día, no sé si es que, en el fondo, somos unos seres depredadores que atacan a cualquier objetivo que consideren su presa, o es que únicamente somos personas muertas de miedo en un mundo extraño, desconocido, y en el que necesitamos de calor humano y de amor para poder sobrevivir”

Fragmento de mi nueva novela 

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Tardes en blanco

El tiempo se escapa entre los sorbos de café, las llamadas telefónicas y las visitas al supermercado para hacer la compra. Estamos todo el día haciendo, haciendo y haciendo y, al final, es nuestra vida la que se queda a medio hacer. Por eso, cuando Roberto y yo jugábamos a pasar las tardes en blanco, alterábamos el orden de las cosas: no hacíamos nada, solo estábamos.

Estábamos allí, en el jardín de casa, en la buhardilla, en el comedor. Estábamos en un mundo en silencio, que parecía que se hubiera quedado quieto, parado, como si alguien hubiera apretado el Stop para ir un momento a hacer pipí. Y entre aquella quietud, mi hermano y yo sentíamos el latir de la vida, nuestra propia respiración, el contacto de los pies con la tierra.

Quizás parece una tontería pero pararse un poco, dedicar un momento del día o de la semana a respirar, contemplar y estar, solo estar, es necesario para darnos cuenta de que estamos vivos.

Fragmento de mi nueva novela

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Luz en el agua

Y estaba inmersa en aquel cielo, en aquel monte, en aquel país cuando me di cuenta lo fácil que era esto de volar. Siempre había pensado que para poder tener alas, debía fabricarlas con mucho esmero, pluma a pluma, pegarlas a mi cuerpo con cuidado y paciencia, mucha paciencia, (pues el proceso de pegado al cuerpo no es tan fácil como parece, se necesita hilo, se necesitan agujas y se necesita superar el dolor y la sangre). Llevaba ya algunos años con ese proyecto en mi mente, con la elaboración de mis dos preciosas y fantásticas alas que serían capaces de permitirme volar, mi sueño más añorado y por el que hacía tiempo que suspiraba. Pero entonces, viajé allí, a ese país, con esa gente y vi que, en el fondo, había perdido el tiempo. Y mucho.

Me había empeñado en fabricarme unas enormes alas, me había metido en complicados cálculos de ingeniería con los que sería capaz de emprender el vuelo, me había empeñado en recolectar las mejores plumas de las mejores aves de los mejores lugares del mundo. Para nada. Exacto. P-a-r-a-n-a-d-a. Porque, aquella noche, vi que para poder emprender el vuelo no hacían falta aquellas dos alas.

Recuerdo que hacía rato que habíamos cenado. Él estaba en la habitación de nuestra “guest house” durmiendo, “Estoy muy cansado y mañana nos espera un duro día”. Éramos amigos aunque, en el fondo, los dos sentíamos cómo el pumpum se aceleraba cada vez que estábamos juntos. Pero éramos amigos, eso habíamos dicho al mundo y eso era lo que tocaba ser. Así que se fue a dormir, nos despedimos con una disimulada caricia de manos y yo salí afuera a dar un paseo. La noche en Gambia tenía algo que enganchaba, como un imán que atrae a los metales, aquel manto estrellado me atraía como a una autómata. Salí de la habitación para dejarle dormir y empecé a caminar a orillas del mar.

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En nuestros posteriores viajes casi nunca hemos tenido el privilegio que tuvimos en este, nuestro primer viaje juntos. Dormíamos en una habitación que estaba pegada pegadita al mar. Cuando todo estaba en silencio, como aquella noche, podías oír las olas rompiendo en la orilla casi como si estuvieras tumbada sobre la toalla a escasos metros del agua. Era magnífico. Así que, en cuanto él se fue a dormir, yo me fui al agua. Fue, como ya he dicho, una atracción irrompible, una atracción imantada.

Empecé a pasear por la orilla para que aquel agua africana acariciase mis pies. Era de noche pero hacía calor, mucho calor. El mar siempre me ha dado un poco de miedo, la verdad, me gusta nadar pero solo hasta donde me siento segura. La inmensidad de lo desconocido me empequeñece y hace que tiemble de miedo o de emoción, no sé. Pero tiemblo, tiemblo tanto que mis piernas, muchas veces, se bloquean. Así que siempre me quedo cerca de la orilla. Aquella noche no.

No sé qué es lo que me pasó, la verdad. Solo sé que yo estaba caminando, dejando que el agua acariciara mis dedos cuando vi que un poco más allá, a lo lejos, entre el agua, había algo que brillaba con mucha intensidad. Lo primero que hice fue girarme, observar detenidamente aquel reflejo y pensar con lógica lo que podía ser. ¿Un pez luminoso? Los había visto en documentales pero no sabía que subían a la superficie. “No”, pensé. Así que, nuevamente, volví a usar la lógica. ¿Un pedazo de plástico? No, tampoco brillaría tanto entre toda aquella oscuridad. Decidí que no me movería de allí hasta que supiera lo que era aquella misteriosa ráfaga de luz. Así que me senté en la orilla, dejé que el agua mojara mis piernas y me fundí, sin darme ni siquiera cuenta, con el mar nocturno.

Ya he dicho que el mar siempre me ha dado respeto. Y el mar nocturno MUCHO más. Entre aquel agua oscuro-transparente es cuando realmente te das cuenta de lo insignificantes que somos las personas, de lo lejos que estamos, aún, de la total comprensión de la naturaleza. No tenemos ni idea. Pero nosotros seguimos construyendo móviles cada vez más pequeños, televisores cada vez más grandes y coches cada vez más veloces. Pero de esto otro, de nuestro auténtico origen, de la “Pacha Mama”, no tenemos ni la más pajolera idea. Y a mí, todas estas sensaciones, me inundan cuando toco el agua del mar pero, más aún, cuando lo hago de noche.

Pero aquella luz me tenía hipnotizada. Así que dejé que el agua cubriera mis piernas mientras yo, sentada en la orilla, reflexionaba sobre el origen de aquella inesperada iluminación marina. Cuando estaba a punto de rendirme, con el frío invadiendo mis poros y el sueño llamando a la puerta de mis párpados, miré al cielo y lo comprendí todo. Comprendí que para volar no me hacían falta las dos alas que llevaba tiempo construyendo. Comprendí que para volar tan solo tenía que superar mis miedos y fundirme, completamente, con la naturaleza.

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Así fue como, invadida por un nosequé, me zambullí en aquel mar de Gambia, por la noche y completamente sola, para nadar desesperadamente hacia aquella luz. Cuando llegué, abrí la palma de mi mano, agarré un pedazo de agua y, al mismo tiempo, agarré un pedazo de estrella. El cielo y el mar se unían en aquella porción de agua que, en ese momento, chorreaba entre mis dedos. Y yo estaba allí, con los ojos llenos de mi propia agua entendiendo que, para volar, tan solo tenía que hacer precisamente eso: dejar de pensar, zambullirme en el mundo y descubrir todas sus maravillas.

Y eso hago desde entonces. Hace cinco años que viajé a Gambia. Hace cinco años que comprendí que, para volar, las alas que tanto me empeñaba en construir eran completamente innecesarias.

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