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tormenta

Sentimientos

Ira

Sudor, gritos, lágrimas en el interior de pecho. Por fuera puedo sonreír, lanzar una falsa mueca que parezca decir a todo el mundo “Estoy bien”. Pero por dentro… Por dentro tengo fuego, tengo rayos y truenos que hacen tambalear mi espíritu. No puedo dormir. No puedo pensar. Solo pienso en gritar. En salir de aquí. En romper esta cárcel que es mi cuerpo, que es mi mente, y correr durante horas, correr durante días, correr hasta no poder más y caer rendida sobre la hierba verde .

Me iré de aquí, me iré corriendo, me iré gritando para ver si, así, consigo que esta oscuridad se despegue de mi sombra. No quiero más color negro. Quiero color verde. Quiero color azul, amarillo, naranja. Así que correré, correré hasta quedarme sin aliento y hasta que consiga borrar el negro que me vive bajo mis pies.

Solo así podré volver a respirar tranquila y a apaciguar esta guerra que tengo en mi interior. Porque las guerras que más cuestan ganar no son las de fuera, no. Las guerras que más cuestan ganar son las que se libran en el interior de tu pecho. Así que me arrancaré el corazón, si hace falta, para que vuelva a resurgir uno nuevo, puro y sin heridas abiertas.

Tristeza

Cansancio. El cansancio se apodera de mi cuerpo haciendo que, cada vez, mis movimientos sean más pesados, más torpes, más inestables. Conseguí marcharme, conseguí correr hasta quedarme sin aliento. Y todo ¿para qué? Para volver a encontrarme aquí, frente a mi espejo, con el gesto cansado, la voz cortada y mi piel de un color tan blanco que, incluso, asusta.

Vuelvo a estar aquí y me doy cuenta de lo absurda que fue mi huida. Me fui con mucha prisa, me fui con mucho miedo, me fui con mucha ira pero, al final, vuelvo a estar aquí. Sin prisa, sin ira, pero con miedo, mucho miedo. No tenía que haber huido. Tenía que haberme quedado aquí, mirar a esa estúpida que me mira a través del espejo y gritarle, “Ven aquí, ¡no te tengo miedo”. Pero no lo hice. Lo que hice fue marcharme, dejar de mirarme al espejo y sentir que todo iba bien. Todo iba falsamente bien.

Superación

Ha llegado el día. La batalla final. Tú y yo vamos a mirarnos las caras, de una vez por todas. Vamos a escupirnos todo lo que pensamos y veremos quién llega hasta el final. Ya no estoy cansada. Ahora me siento fuerte y preparada para mirarte a los ojos y no apartar la mirada. No te tengo miedo. Ya no. He decidido ponerme mi traje de militar, por última vez, coger mi escopeta de palabras y enfrentarme a ti en esta batalla que parece que nunca tenga fin. Prepárate.

No me gusta lo que veo. No me gusta mi reflejo. No me gusto, es más, me odio. Odio ser una cobarde. Odio haber huido. Odio haber llorado. Odio no saber quién soy y seguir corriendo para ver si, así, me encuentro conmigo misma. Odio no reconocerme en las fotos viejas. Odio no sentir a mi niña interior. Odio trabajar tanto y ver cómo la vida se escurre por mis manos. Odio dejarme llevar por la corriente. Odio no plantarme cara y decirme en voz alta: ¿A qué coño estás esperando para vivir con los brazos abiertos?

Amor

El calor vuelve a recorrer mi cuerpo. Siento cómo el color blanco-muerte que se había instaurado en mi rostro, empieza a desaparecer para dejar paso a un color más cálido, más enérgico, un color repleto de vida. Mi corazón empieza a latir con normalidad. Ya no tengo miedo.

Dejo las ventanas siempre abiertas para que el aire fresco inunde mi habitación. Se está bien así.  Se está bien reecontrarte con tu reflejo y ver que sonríe con la boca bien abierta. Se está bien vivir tranquilo. Se está bien vivir.

Solo tenía que cuidarme. Solo tenía que mirarme. Solo tenía que sonreírme. Solo tenía que quererme. Solo tenía que recordar aquello que aprendí de pequeña gracias a mi padre: All you need is love. Pues sí: all you need is love.

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Amigos

“Si Nacho es mi amigo-marido, Luis es mi hermano-amigo. Tener dos grandes amigos en tu vida es algo extraordinario pero también es difícil de llevar porque los seres humanos tenemos una extraña competencia que hace que siempre nos estemos comparando con el resto de personas que rodean a nuestro ser querido.

No sé si eso será porque vivimos en un mundo en el que la competitividad está a la orden del día, no sé si es que, en el fondo, somos unos seres depredadores que atacan a cualquier objetivo que consideren su presa, o es que únicamente somos personas muertas de miedo en un mundo extraño, desconocido, y en el que necesitamos de calor humano y de amor para poder sobrevivir”

Fragmento de mi nueva novela 

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Tardes en blanco

El tiempo se escapa entre los sorbos de café, las llamadas telefónicas y las visitas al supermercado para hacer la compra. Estamos todo el día haciendo, haciendo y haciendo y, al final, es nuestra vida la que se queda a medio hacer. Por eso, cuando Roberto y yo jugábamos a pasar las tardes en blanco, alterábamos el orden de las cosas: no hacíamos nada, solo estábamos.

Estábamos allí, en el jardín de casa, en la buhardilla, en el comedor. Estábamos en un mundo en silencio, que parecía que se hubiera quedado quieto, parado, como si alguien hubiera apretado el Stop para ir un momento a hacer pipí. Y entre aquella quietud, mi hermano y yo sentíamos el latir de la vida, nuestra propia respiración, el contacto de los pies con la tierra.

Quizás parece una tontería pero pararse un poco, dedicar un momento del día o de la semana a respirar, contemplar y estar, solo estar, es necesario para darnos cuenta de que estamos vivos.

Fragmento de mi nueva novela

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Luz en el agua

Y estaba inmersa en aquel cielo, en aquel monte, en aquel país cuando me di cuenta lo fácil que era esto de volar. Siempre había pensado que para poder tener alas, debía fabricarlas con mucho esmero, pluma a pluma, pegarlas a mi cuerpo con cuidado y paciencia, mucha paciencia, (pues el proceso de pegado al cuerpo no es tan fácil como parece, se necesita hilo, se necesitan agujas y se necesita superar el dolor y la sangre). Llevaba ya algunos años con ese proyecto en mi mente, con la elaboración de mis dos preciosas y fantásticas alas que serían capaces de permitirme volar, mi sueño más añorado y por el que hacía tiempo que suspiraba. Pero entonces, viajé allí, a ese país, con esa gente y vi que, en el fondo, había perdido el tiempo. Y mucho.

Me había empeñado en fabricarme unas enormes alas, me había metido en complicados cálculos de ingeniería con los que sería capaz de emprender el vuelo, me había empeñado en recolectar las mejores plumas de las mejores aves de los mejores lugares del mundo. Para nada. Exacto. P-a-r-a-n-a-d-a. Porque, aquella noche, vi que para poder emprender el vuelo no hacían falta aquellas dos alas.

Recuerdo que hacía rato que habíamos cenado. Él estaba en la habitación de nuestra “guest house” durmiendo, “Estoy muy cansado y mañana nos espera un duro día”. Éramos amigos aunque, en el fondo, los dos sentíamos cómo el pumpum se aceleraba cada vez que estábamos juntos. Pero éramos amigos, eso habíamos dicho al mundo y eso era lo que tocaba ser. Así que se fue a dormir, nos despedimos con una disimulada caricia de manos y yo salí afuera a dar un paseo. La noche en Gambia tenía algo que enganchaba, como un imán que atrae a los metales, aquel manto estrellado me atraía como a una autómata. Salí de la habitación para dejarle dormir y empecé a caminar a orillas del mar.

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En nuestros posteriores viajes casi nunca hemos tenido el privilegio que tuvimos en este, nuestro primer viaje juntos. Dormíamos en una habitación que estaba pegada pegadita al mar. Cuando todo estaba en silencio, como aquella noche, podías oír las olas rompiendo en la orilla casi como si estuvieras tumbada sobre la toalla a escasos metros del agua. Era magnífico. Así que, en cuanto él se fue a dormir, yo me fui al agua. Fue, como ya he dicho, una atracción irrompible, una atracción imantada.

Empecé a pasear por la orilla para que aquel agua africana acariciase mis pies. Era de noche pero hacía calor, mucho calor. El mar siempre me ha dado un poco de miedo, la verdad, me gusta nadar pero solo hasta donde me siento segura. La inmensidad de lo desconocido me empequeñece y hace que tiemble de miedo o de emoción, no sé. Pero tiemblo, tiemblo tanto que mis piernas, muchas veces, se bloquean. Así que siempre me quedo cerca de la orilla. Aquella noche no.

No sé qué es lo que me pasó, la verdad. Solo sé que yo estaba caminando, dejando que el agua acariciara mis dedos cuando vi que un poco más allá, a lo lejos, entre el agua, había algo que brillaba con mucha intensidad. Lo primero que hice fue girarme, observar detenidamente aquel reflejo y pensar con lógica lo que podía ser. ¿Un pez luminoso? Los había visto en documentales pero no sabía que subían a la superficie. “No”, pensé. Así que, nuevamente, volví a usar la lógica. ¿Un pedazo de plástico? No, tampoco brillaría tanto entre toda aquella oscuridad. Decidí que no me movería de allí hasta que supiera lo que era aquella misteriosa ráfaga de luz. Así que me senté en la orilla, dejé que el agua mojara mis piernas y me fundí, sin darme ni siquiera cuenta, con el mar nocturno.

Ya he dicho que el mar siempre me ha dado respeto. Y el mar nocturno MUCHO más. Entre aquel agua oscuro-transparente es cuando realmente te das cuenta de lo insignificantes que somos las personas, de lo lejos que estamos, aún, de la total comprensión de la naturaleza. No tenemos ni idea. Pero nosotros seguimos construyendo móviles cada vez más pequeños, televisores cada vez más grandes y coches cada vez más veloces. Pero de esto otro, de nuestro auténtico origen, de la “Pacha Mama”, no tenemos ni la más pajolera idea. Y a mí, todas estas sensaciones, me inundan cuando toco el agua del mar pero, más aún, cuando lo hago de noche.

Pero aquella luz me tenía hipnotizada. Así que dejé que el agua cubriera mis piernas mientras yo, sentada en la orilla, reflexionaba sobre el origen de aquella inesperada iluminación marina. Cuando estaba a punto de rendirme, con el frío invadiendo mis poros y el sueño llamando a la puerta de mis párpados, miré al cielo y lo comprendí todo. Comprendí que para volar no me hacían falta las dos alas que llevaba tiempo construyendo. Comprendí que para volar tan solo tenía que superar mis miedos y fundirme, completamente, con la naturaleza.

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Así fue como, invadida por un nosequé, me zambullí en aquel mar de Gambia, por la noche y completamente sola, para nadar desesperadamente hacia aquella luz. Cuando llegué, abrí la palma de mi mano, agarré un pedazo de agua y, al mismo tiempo, agarré un pedazo de estrella. El cielo y el mar se unían en aquella porción de agua que, en ese momento, chorreaba entre mis dedos. Y yo estaba allí, con los ojos llenos de mi propia agua entendiendo que, para volar, tan solo tenía que hacer precisamente eso: dejar de pensar, zambullirme en el mundo y descubrir todas sus maravillas.

Y eso hago desde entonces. Hace cinco años que viajé a Gambia. Hace cinco años que comprendí que, para volar, las alas que tanto me empeñaba en construir eran completamente innecesarias.

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Fuego en la espalda

Le salía fuego de la espalda. Sí. Un fuego abrasador, caliente y agresivo que le recorría la columna vertebral de arriba a abajo. Pero ¿sabes una cosa? A ella eso le daba igual. Ella seguía caminando entre ese campo de trigo, con la luz dorando su rostro y las avispas acompañándola en su paseo. A ella le daba igual. Parecía que el fuego no formara parte de ella, parecía que aquel fuego fuera algo inerte en su cuerpo, como su sombra. Le seguía, repetía sus mismos pasos pero ella ni se inmutaba, ni siquiera un poquito.

Yo, en su lugar, seguramente hubiera hecho lo contrario que Peter Pan, ¿te acuerdas? A este niño eterno se le escapaba su propia sombra y él quería luchar contra la repentina independencia que quería conquistar, por eso, se la cosía a los pies y procuraba que fuera una sombra normal, como todas las del mundo. Yo, en el caso del fuego, me hubiera intentando descoser aquella unión tan peligroso que había entre la espalda y la persona. Pero ella no. Ella continuaba su paso, firme, tranquilo y seguro entre aquel campo de trigo.

Es amenazador. Quiero decir, ver a una persona rebosante de fuego puede resultar un poco amenazante, ¿no? Pero no era su caso. Su tranquilidad, su sosiego y su rostro neutral hacía que el fuego hubiera agotado toda su vitalidad, toda su fuerza y agresividad para transformarse en algo diferente, un fuego manso, un fuego apacible, un fuego no fuego.

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Y es que ella era capaz de hacer todo esto. Todo esto y mucho más. Si te unías a su paso, si ibas caminando tras ella, al final terminabas contagiándote de su esencia. Hay personas en el mundo que tienen un don, que tienen una energía que parece casi mágica (o sin el “casi”, mágica y punto). Y Nat era una de ellas.

Aquella misma mañana, la mañana previa a la aparición del fuego, Nat me dijo que necesitaba respirar, “Necesito respirar, ¿me acompañas?”. Y la acompañé. Cogimos mi destartalado coche, bajamos las ventanas para que el calor del verano pudiera apaciguarse y emprendimos el camino hacia el campo. En otras ocasiones, Nat y yo hubiéramos encendido el aparato de música, hubiéramos vociferado nuestras canciones favoritas y nos hubiéramos tomado una birra al volante. Pero aquella mañana era diferente. Ella no me había dicho nada pero yo sabía que era diferente, ya he dicho antes que Nat era mágica, ¿recuerdas? Pues esa era una parte de su magia. Sin hablar, entendías, entendías muy bien.

Cuando llegamos al campo, ella bajó del coche, empezó a correr a través del campo de trigo y, cuando se cansó, cuando se agotó, se quedó quieta, cogió una bocanada profunda de aire y empezó a gritar. No era un grito agresivo, ni un grito de rabia, odio o algún sentimiento oscuro. Era un grito liberador, un sacar afuera todo lo que tienes adentro y que te hace estar mareada, cansada y con ganas de vomitar. Ella necesitaba sanarse, necesitaba vaciarse para, así, volver a poder a llenarse. Era una depuración del organismo, una desintoxicación de sí misma.

No le dije nada. Cuando volvió al coche vi que su expresión había cambiado. Sonreía levemente. Era una sonrisa casi escondida, una sonrisa que no quería salir del todo pero que ya empezaba a aparecer bajo sus  labios. Pero con el grito no había sido suficiente. Nat necesitaba todo el día de curas para poder volver a sonreír con todos los dientes.

Encontramos un árbol frondoso en medio de aquel campo dorado de trigo y decidimos cobijarnos bajo su copa. Hacía calor y la sombra que prometía desde la lejanía se nos hacía deseosa y necesaria. Dejamos el coche y caminamos por en medio del campo. Era un sitio bonito, muy bonito, en el que estábamos completamente solas y rodeadas de pura belleza. Nunca imaginé que, en medio de aquella estampa tan preciosista, en medio de aquel paisaje de postal, pudiera enterarme de un secreto tan horripilante. Sí, esa es la palabra: horripilante.

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Sacamos un pedazo de sandía y una botella de agua fresca. Nos tumbamos bajo el árbol y, entonces, Nat empezó a hablar. “Gracias por acompañarme, necesitaba una bocanada de aire puro”, “Para eso están las amigas”, “Eso dicen”, “¿Estás mejor?”, “Sí, me ha ido muy bien volverme loca por un momento”, “No te has vuelto loca”, “No, no lo he hecho”, “¿Qué es lo que pasa, Nat?”, “Nada, solo necesitaba escaparme un momento, hacer un break en mi rutina y descansar la mente, sobre todo, descansar la mente”.

Estuvimos calladas durante unos cinco o diez minutos, no sabría decirte exactamente. Entendía que mi amiga no tenía ganas de hablar, solo quería un acompañante para su repentino deseo de escapismo y nada más. Así que acepté mi papel de aquel día sin rechistar. Pero…

“Creo que he matado a Carmen”. Y la primera llama empezó a aparecer en su piel. No dije nada, me quedé muda, sin saber qué decir, qué hacer, qué añadir. Carmen era la mujer de su hermano, era su cuñada. Al principio Nat y ella se llevaban muy bien, incluso se apuntaba a nuestros planes, nos íbamos las tres juntas de fin de semana, salíamos a bailar. Pero, de repente, Carmen dejó de venir con nosotras. Nat me decía que era porque estaba muy ocupada, que le había salido un trabajo nuevo y blablabla. Me lo creí, ¿por qué no iba a hacerlo? Pero no era por eso, claro que no.

“Esta mañana, antes de llamarte a ti, había ido a casa de mi hermano. Quería ver a mis sobrinos y llevármelos, no sé, a la playa, a la piscina o a comer un helado. Iba con esa predisposición, lo juro. Pero lo ha vuelto a hacer, lo ha vuelto hacer delante de mí, delante de sus hijos… Y yo no lo he podido soportar más”.

Entonces me lo contó todo. Carmen maltrataba a su hermano. Se ve que hacía años, muchos años, que se repetía esta situación. No era un maltrato centrado en lo físico pues la fuerza de ella era mucho menor que la de él. Era esencialmente psicológico, una forma de anular, humillar y despreciar a su hermano constante. Dejamos de ir con Carmen precisamente por eso. Nat se encontró un día a su hermano en la puerta de su casa. Estaba llorando, con una pequeña maleta de mano a rebosar y el corazón roto en dos, tres, cuatro o mil quinientas mitades.

“Estamos acostumbrados a que haya violencia machista, a que la mujer sea la víctima. Pero también ocurre al revés, la violencia maquiavélica de la que tan expertas son algunas mujeres, puede lanzarse contra sus parejas y entonces ¿qué? No hay marcas, no hay señales, no hay sangre externa. Todo ocurre por dentro. Y además está el tema de la hombría. Mi hermano tardó casi un año en contarme todo esto por vergüenza a lo que pensaría de él. Supongo que creería que le consideraría un nenaza, un calzonazos o vete tú a saber qué. Estuvo una semana viviendo conmigo y me prometió que se cogería un piso para él solo y empezaría de nuevo. Pero no fue así. Esa dependencia viciosa que existe entre el maltratador físico y la mujer maltratada también existe cuando el daño es psicológico. Te han anulado tanto, te han relevado a la categoría de ser inferior que tu autoestima y confianza se han desvanecido. Y eso le pasó a mi hermano”.

La historia que Nat me estaba contando había ocurrido hacía siete años. Siete años. Durante este tiempo, la pareja había vuelto a estar junta, había tenido dos preciosos hijos y se había comprado una casa con jardín. “La casa de los horrores”, tal y como la definió mi amiga. Aquel día, aquella mañana antes de nuestra visita al campo, Nat había presenciado esa humillación. Carmen lo había hecho delante de ella y delante de sus hijos. Y a Nat le empezó a aparecer un fuego en las entrañas, un fuego caliente y violento que no pudo controlar.

“Te lo juro. Ha sido como si, de repente, mi estómago empezara a sacar fuego. Nunca había sentido algo parecido, ya me conoces. Pero ha sido ver eso y el calor abrasador ha invadido mis intestinos de tal modo que, o lo sacaba, o podía llegar incluso a morir”.

Y lo sacó. Le pidió a su hermano que se llevara a los niños al jardín y Nat se quedó a solas con Carmen. Dejó que el fuego saliera naturalmente de su interior hacia afuera, hacia aquel otro fuego con el que Carmen hacía tiempo que convivía. Y, ya se sabe, el fuego atrae al fuego. Así que el de Nat se mezcló con el de Carmen y, al final, el de mi amiga fue más fuerte.

En cuanto vio el resultado de aquella batalla ardiente, Nat cogió su bolso y se marchó corriendo de casa de su hermano. “Tengo el móvil apagado, no me atrevo a abrirlo”. Me dijo bajo la sombra de aquel árbol. “Nat, enciende el móvil ahora mismo”, “¿Y si…?”, “Ese “Y si” estará sin respuesta hasta que enciendas el teléfono y te enteres de lo que ha pasado”, “No sé qué le voy a decir a mi hermano”, “No tienes que decirle nada, solo ponerte en contacto”.

Y fue entonces cuando mi amiga se levantó de la sombra de aquel que ya se había convertido en nuestro árbol, en nuestro cobijo, y empezó a caminar campo a través con el fuego en su espalda, como si fuera su sombra. Parecía que ni siquiera se daba cuenta de que lo tenía allí. Caminaba hacia el coche, con el paso tranquilo, firme y seguro. Tenía toda la espalda cubierta de abrasadoras llamas pero ella ni se inmutaba, ni un gesto de dolor, escozor o molestia. Nada de nada.

Pero aquel fuego se apagó. En cuanto salió del coche vi cómo el agua de las lágrimas habían apagado el fuego. Todo estaba bien. Carmen solo tenía un pequeño golpe en la cabeza, como si solo se hubiera chocado contra una puerta. Nada más. Nat volvió a ser Nat. Y su hermano volvió a ser él. Después de aquello decidió que ya estaba bien. Así que cogió su maleta, esta vez sí, y se marchó a vivir al campo. “Necesito respirar”, le dijo a Nat cuando se despidió de ella. “Pues respira” y le dio un beso en la nariz.

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Lobos

Y ahí estábamos las dos, en un lago perdidas en medio de la nada (o en medio del todo, mejor dicho) mojándonos las piernas con el vestido subido y la noche empañando nuestros ojos. “Qué fácil parece ahora, ¿verdad?”, me dijiste mientras mirabas hacia abajo. Creo que estabas viendo que, en tus piernas, junto a tus rodillas, a tus muslos y a tus pies, los pececitos se empeñaban en morderte suavemente, haciéndote cosquillas y demostrándonos que, una vez en el agua, no somos tan diferentes. Yo también te hubiera mordido suavemente tus preciosas piernas pero no era apropiado. No lo era porque ese sentimiento era nuevo en mí y no quería asustarte con una ráfaga de amor que no sabía de dónde venía ni, menos aún, a dónde iba.

No sé. Creo que, sencillamente, fue aquella noche. El manto de estrellas que estaba cubriendo nuestro baño. La luz que desprendían te hacía brillar, brillar como si fueras una luciérnaga perdida en un mundo que desconoce pero que, de repente, encuentra un sitio, un rinconcito, en que se siente bien, un lugar en el que le hacen cosquillas y le calman el calor. Así estabas tú aquella noche. Y yo no podía dejar de mirarte.

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Pero el sonido de aquel lobo nos sacó de nuestro estado de éxtasis. Un aullido nos alteró e hizo que, la escena idílica que acabábamos de vivir, se transformara en una escena terrorífica, al más puro estilo película de terror. “¿Qué hacemos?”, me preguntaste con horror en los ojos. No sabía qué responderte, me quedé bloqueada. “¿A los lobos les gustará el agua?”, me dijiste. Pero no lo sabía, te juro que no lo sabía. Cada vez te agitabas más nerviosa dentro del lago, no sabías si ir hacia adentro o hacia afuera. Y yo estaba allí, mirándote fijamente, petrificada y sin poder mover ni un solo pie.

Fue entonces cuando decidí hacerlo. Ni siquiera lo pensé. Fue una idea que pasó por la cabeza y que, rápidamente, la cogí para hacerla mía. Igual que un mono hace en la selva, va de liana en liana sin importarle si aquella es más verde, más segura o más fuerte. Eso mismo hice yo. Cogí la idea y me aferré a ella. No sé cómo me atreví a hacerlo. No sé cómo tuve el valor de cogerte la cabeza y hundirnos hacia lo más profundo del lago. Sigo sin saberlo. Pero, igual que los monos, parece que las personas también tenemos algún sentido extra, algo que nos hace estar en contacto con la naturaleza de forma inconsciente. Así que, después de mi estado de piedra, reaccioné cogiendo fuerte tu cabeza y bajándola hacia el fondo del agua. Y yo fui contigo, por supuesto.

Vi cómo luchabas por subir arriba. Vi cómo gritabas, con los ojos muy abiertos y la cara del terror más absoluto. Pero yo sabía que no debías moverte de allí. Sabía que, si esperábamos, estaríamos a salvo del lobo que nos acechaba allá afuera, entre los árboles y el desconocido bosque. Poco a poco se te fueron aflojando las fuerzas, ya casi no te movías, casi no salían burbujas de tus labios y tu boca, lentamente, se iba abriendo. Cuando te vi en ese estado de calma, en ese momento de absoluta paz, fue cuando decidí imitarte: me puse en tu misma postura, entreabrí la boca para dejar que el agua se colara en mi interior y dejé de moverme.

Y fue así, en ese momento de total entrega a la naturaleza, de total entrega a la vida, de total entrega al agua, cuando sentí que tus dedos empezaban a moverse, otra vez. Entonces, empecé a mover los míos. Sí. También se movían. Cerraste la boca. Cerré la boca. Abriste los ojos. Abrí los ojos. Me miraste. Te miré. Sonreíste. Te sonreí. Y, entonces, empezaste a nadar.

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Siempre se ha dicho que el agua es purificadora. Que tenemos que limpiarnos, frotarnos y lavarnos para estar libres de bacterias y de la suciedad que nos envuelve. Aquel fin de semana habíamos ido a la montaña para limpiarnos, para limpiarte. Pero tus manchas no estaban en la piel, no. Tus manchas estaban un poco más adentro, en un lugar que no se puede ver pero que sí que se siente, vaya si se siente… Cuando nos encontramos con aquel lago, no hubo discusión alguna. Paramos el coche y nos metimos corriendo al agua. Era necesario. Para las dos. Para ti. Nos dieron igual nuestros zapatos, nuestros vestidos y nuestras uñas pintadas. Corrimos hacia el agua sin pensar en nada más que en sentirnos mojadas. Nos sintió bien. Yo, incluso, sentí algo confuso por ti al ver lo bien que te sentaba ese agua y esas estrellas. Empezabas a brillar, otra vez, como cuando lo hacías antes de ensuciarte.

Pero el lobo. El lobo volvió a alterarte. El lobo volvió a gritarnos que eso no era suficiente. Que la limpieza de la piel, por mucho que fuera con un lago estrellado, no era lo que realmente necesitábamos, lo que realmente necesitabas. Por eso, después de convertirme en piedra por unos segundos, entendí el mensaje. Tenías que lavarte por dentro, tenías que atacar directamente a la mancha negra que te estaba invadiendo. Y yo lo haría contigo. Por eso cogí tu cabeza con todas mis fuerzas, por eso te asustaste tanto al sentir cómo el agua se colaba en tu interior, por eso, al final, cediste, abriste la boda y dejaste inundarte. Fue todo por eso.

Y cuando vi que moviste aquel primer dedo, cuando vi que me mirabas y sonreías, entendí que lo habíamos hecho bien. Te fuiste nadando por aquel lago, te fuiste y yo decidí que tenía que salir. Mi limpieza no era tan importante como la tuya. Así que dejé que el agua del lago de estrellas se encargará de quitar cualquier rastro de mancha, cualquier mota oscura de polvo que pudiera haber en tu interior. A las seis de la mañana saliste del lago. Y a las seis de la mañana viví, en primera persona, el fenómeno del renacimiento. Tú renaciste y yo te cubrí con una toalla para devolverte a casa.

Sí. Al final le ganamos la batalla al lobo. Al de allí y al de aquí. Te llevé a casa, te di un beso en los párpados y te dejé descansar.

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Palabras de nada

Hace tiempo, mucho tiempo, comencé a bucear en este mundo (primer mundo) de Internet. Tendría, no sé, unos diecisiete o dieciocho años cuando bauticé mis palabras como “Palabras de nada”. Me encantaba dejarme llevar, ponerme frente al ordenador, con la cabeza vacía de intención pero llena de ideas y dejar que salieran todas, una a una, como un chorro de agua constante y abundante. Fue así como empecé a escribir, a escribir como terapia, a escribir y escribirme, sin intención pero con muchas, muchísimas, alas en mi mente.

Y ahora quiero inaugurar la primera entrada de mi web con este tipo de palabras también, con palabras de nada que, en el fondo, son palabras de todo. Palabras que aparecen en mi cabeza como pájaros volando por el cielo y que, de repente, cuando las miro, cuando las escribo, cuando las observo, empiezan a cobrar algún sentido. Yo me dibujo con estas palabras que vuelan por mi mente de forma alborotada, caótica y rebosantes de libertad.

Era adolescente cuando descubrí la capacidad que tenían las letras, no solo para contar historias, sino para contarme a mí misma. Son mi camino de baldosas amarillas que tengo que seguir para adentrarme en mi más absoluta profundidad. Son mi terapia, mi psicólogo, el momento que me permito darme de vez en cuando en esta vida que corre tan deprisa y que a veces nos quita hasta el aliento. Escribo para estar conmigo pero, también, para encontrarme, para entenderme y para tocar suavemente mi interior.

A partir de ahora quiero compartir algunas de mis palabras (todas no, nunca me ha gustado el exhibicionismo) contigo, con la persona que ahora mismo me está leyendo y que le apetece acompañarme en este viaje hacia el interior. Bienvenido/a 🙂

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