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Yo y mis yos

«Y es que nunca nos damos realmente cuenta cuándo llevamos las máscaras. Es decir, las tenemos tan integradas en nuestro interior, como si fueran una segunda piel que, al final, ni siquiera somos conscientes de que esa es solo una capa que nos ponemos para poder encajar mejor en cada ambiente. Actuamos igual que hacen los camaleones: nos adaptamos para sobrevivir, nos camuflamos para sobrevivir.»

Fragmento de nuevo cuento «Yo y mis yos» 

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fosforito

Fosforito

Abrí los ojos y lo noté. Tenía algo diferente. Mi cuerpo no era el mismo que el de la noche anterior. Un gusano parecía haberse colado entre mis venas y no dejaba de moverse por cualquier recoveco de mi piel. Era muy desagradable. Casi asqueroso. Intenté calmar esa sensación. Me duché. Froté bien el cuerpo. Cada pliegue. Cada rincón. Usé el jabón más jabonoso que había en el mercado. Pero nada. Ese gusano seguía moviéndose a sus anchas. Sin prisa pero sin pausa. No dolía pero tampoco era agradable. Era raro. Eso es. Era raro.

Me di cuenta de lo que ocurría cuando fui al baño. Me bajé los pantalones. Me bajé las bragas. Y, entonces, apareció. Un rayo de luz salía de mi entrepierna. Era un rayo de luz tímido. Como cuando tienes un interruptor regulable de intensidad y lo tienes bajito. Un rayo de luz que creaba un ambiente tenue, por así decirlo. Pero un rayo de luz, al fin y al cabo.

Miré a mi alrededor. Estaba sola. El secreto estaba a salvo. Nadie me había visto. Pero… ¿qué era esa luz que salía de mi cuerpo? Asustada, me subí las bragas y me mojé la cara. El frío del agua siempre va bien para despejar la mente. O para congelarnos tanto la piel que solo podamos pensar en el frío, quién sabe. El hecho es que me lavé la cara y me sentó bien. Estaba más relajada.

Pero a media mañana, mientras estaba trabajando e inmersa en mis quehaceres cotidianos, ese rayo de luz empezó a salirme del pecho. Recuerdo que aquel día llevaba una camiseta blanca y, por eso, me di cuenta enseguida. De hecho, creo que fui la primera en percatarme de que esa luz estaba agujereando mis senos para proyectarse levemente sobre la pantalla de mi ordenador. La luz también era una luz tenue, como minimizada, como para crear un ambiente íntimo y privado.

Lo primero que hice fue cubrirme la zona con un pañuelo. Hacía calor. Afuera la temperatura superaba los 25 grados y yo corrí a taparme el cuello y el pecho con un pañuelo de la talla XXL. ¿Qué iba a hacer? No podía dejar que ese rayo fuera descubierto por mis compañeros porque, ¿qué les diría? «Mira, Lucas, hoy me ha dado por estar brillante, resplandeciente, así que supuro rayos de luz hasta por la vagina». No, ¿verdad? No.

Así que la ocultación fue el primer paso para evitar dejarme en evidencia ante mis compañeros. Aguanté como pude hasta la hora de la comida pero, entonces, sentí que aquel gusano que me había estado molestando todo el día, había cambiado de sitio. Ahora ya no estaba en mi tronco sino que se había desplazado por los brazos y me hacía cosquillitas en la punta de los dedos.

Sí. La luz empezó a salir por mis dedos. Una luz que, ahora, sí que era más fuerte, más brillante, al más puro estilo ET cuando quiere que le lleven a casa. Agobiada por mi nueva apariencia, decidí marcharme de allí cuanto antes. «He quedado para comer», dije entre gritos para despedirme sin que me miraran. No sé si alguien me vio pero, si lo hizo, espero que no viera el estallido de luces y colores que salía por casi todo mi cuerpo.

Me fui de inmediato al hospital. Aquello no era normal. Tenía que haber pillado algo raro. Una enfermedad de esas que salen por la televisión o que impregnan las páginas de las novelas. Algo me estaba pasando, de eso no había duda alguna. Pero cuando llegué a urgencias y expliqué lo que me pasaba, la enfermera me miró de arriba abajo y, con cara de asco, me invitó a irme a dormir la mona a casa.

Entonces lo hice. Sí, ¿qué querías que hiciera? Me bajé los pantalones, me bajé las bragas y le mostré el rayo de luz que salía entre mis piernas. Ahora era más intenso que antes, mucho más. Parecía que un arco iris se había hecho dueño de mi interior.  Y me ingresaron. Inmediatamente.

Estuve días en observación. Nadie me decía nada. Pero todos me sonreían. Nadie sabía qué era lo que me pasaba. Y el gusano que no se iba. Lo notaba por el interior de todo mi cuerpo, circulaba por las piernas, por los tobillos, por la nuca… El gusano se había adueñado de mi cuerpo como si fuera su nuevo y confortable hogar del que no quiere salir. Pero a mí me dolía. Bueno, más que doler: me daba asco.

Los colores que salían por mi piel eran cada vez más intensos. Ahora parecía que la ruedecita de la luz se había movido y que proyectara una luminosidad casi al máximo. Mi piel brillaba, mi vagina brillaba, mis ojos brillaban. Toda yo brillaba. Creía que estaba a punto de hacer algo grande, cambiar el mundo o, al menos, cambiar el rumbo de nuestra especie humana. ¿Sería yo la elegida?, ¿habría metamorfeseado como los Xmen y ahora era una mutante con el poder de la luz? No. Ni por asomo.

A los pocos días de estar ingresada vino a verme el doctor Palacios. Él también sonreía. Con una voz muy dulce y familiar me dijo que tendría que quedarme unos días más hospitalizada. Nadie sabía lo que me pasaba así que empezó a hacerme preguntas, preguntas un tanto extrañas: qué era lo que más deseaba en la vida, qué sueños tenía de pequeña, si era feliz. Un tipo de preguntas muy poco apropiadas entre la comunidad médica. Pero, claro, yo estando como estaba, convertida en un arco-iris, y con aquel susto en el cuerpo, lo respondí absolutamente todo.

Estuve más de un mes encerrada en aquella blanca habitación. Hasta que una tarde, cuando me despertaba de la siesta, entró una mujer, una desconocida, que había oído mi caso entre los doctores. Se acercó hasta mi cama, me acarició el pelo y solamente abrió los labios para decirme: «La vida te está hablando. Escúchala». Capté el mensaje.

Así que si alguna vez sientes que te ha invadido un gusano bajo la piel, no le tengas miedo. Deja que se mueva, deja que circule por todas tus venas. Al principio da un poco de asco, es verdad, pero después serás una persona que desprenderá luz en todo tu cuerpo. Una luz intensa, brillante y colorida. Luz de fosforito saliendo de los poros. Suena bien, ¿a que sí?

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galaxia

Galaxias

¿Qué harías si, un buen día, te despiertas y ves que entre tus manos tienes una preciosa galaxia? Yo, lo más probable, es que me asustara  y me fuera corriendo al baño para intentar quitarme esos colorines raros que salen de mis dedos. Pero ¿qué pasaría si, por mucho que frotaras, la galaxia siguiera allí, eterna, perpetua, inmóvil?

A muchos de nosotros, seguramente, les invadiría un gigantesco sentimiento de grandeza. «¡Soy la reina del universo!» y se reirían a carcajada limpia al más puro estilo villana de cuento de hadas. Pero a mí no me pasaría esto. La verdad que no. Si un día realmente me levantara con esos gases de colores brillando entre mis manos, lo que haría sería protegerlos inmediatamente. Seguramente procuraría cubrir todos los gases en un bote de cristal, sí. Lo más probable es que intentara protegerlos de todos los peligros que hay aquí fuera, en nuestra tóxica atmósfera, en nuestro tóxico mundo, para que algo tan bello no saliera perjudicado.

Pero, realmente, al proteger con un bote de cristal la galaxia lo que, en el fondo estaría haciendo, sería oprimirla. ¿Qué sería mejor, entonces: dejarla suelta por este mundo tan nocivo y esperar a que, día tras día, se diluyera su color? ¿O protegerla y evitar que nuestro sucio mundo acabara infectándola?

La respuesta a estas preguntas es, realmente, la respuesta a cómo queremos vivir. Nosotros somos galaxias. Tú eres galaxia. Yo soy galaxia. Ruedas poderosas de energía que, cuando llegan a este mundo, lo hacen llenas de colores, de alegría y de buenas intenciones. Pero por muchos botes de cristal que nos pongamos a nuestro alrededor, al final siempre acabamos reduciendo: nos volvemos menos brillantes, menos enérgicos, menos intensos. El mundo nos va borrando y, al final, vivimos todos en tonalidades grises, marrones y oscuras, demasiado oscuras.

Así que si yo un día me levantara con una galaxia entre mis manos, sé que lo más probable que hiciera sería intentar protegerla. No sé si la metería en un bote de cristal o intentaría crear un espacio amplio para que pudiera crecer y expanderse. Pero, sí, lo más seguro es que terminara por encerrarla. Encerrarla. ¿Es esto normal? Quiero decir: después de toda la reflexión que estoy desarrollando, ¿es normal acabar con esta afirmación? A mí me suena un poco de psicópata, de enferma mental a la que la vida le da tanto miedo que cree que todo lo puro y bello puede desaparecer si pasa demasiado tiempo entre nosotros.

¿Tanto he cambiado? Recuerdo que cuando era más joven creía firmemente en la bondad humana. Y lo sigo creyendo. Pero también sé que, por muy bueno que quieras ser, por muy buenas intenciones que quieras tener, al final todo se difumina. Ahora entiendo más que nunca aquella mítica frase de que no todo es blanco o negro. Totalmente cierto. La vida no es blanca. No es negra. Ni siquiera es gris. La vida es un estallido de colores que se entremezclan, que se fusionan y que terminan explotando ante tus narices. La vida es una galaxia que te sobresale de los poros de la piel y solamente tú tienes el poder para decidir cómo vivirla.

Entonces… ¿mi decisión es evadirme en un bote de cristal? Pues creo que sí. Y no es una decisión que esté tomando ahora. Qué va. Es una decisión que, inconscientemente, tomé desde hace muchos años. Muchísimos. Y, en el fondo, creo que todos nosotros tomamos esta decisión. Todos nos tejemos nuestro particular mundo y, desde allí, desde nuestra habitación mental y confortable, vemos y vivimos la vida. Yo he decidido crearme una botellita de cristal repleta de letras, música y la luz del sol. Otros tienen su propia botella llenita de dinero, trabajo y bienes materiales. Cada uno con su mundo, cada uno con su micromundo, cada uno con su botellita de cristal, cada uno con su galaxia particular.

Así que sí: creo que si un día me levantara con una galaxia entre las manos, iría corriendo a la cocina, cogería cualquier recipiente de cristal y protegería bien esos preciosos colores. No quiero que nadie los manche, los borre o los haga cambiar. Quiero que siempre brillen así, como el primer día, con esa tonalidad inconsciente repleta de vida, de energía y de ganas de expandirse.

Una galaxia encerrada en un bote de cristal. ¿Es esa mi solución para vivir en el mundo?

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Os dejo un vídeo de (Des)Conocidas

Después del gran éxito que está teniendo mi novela «(Des)Conocidas» he decidido hacer algunos vídeos con algunos fragmentos leídos por mí misma.

La verdad es que para mí fue todo un reto porque no estoy acostumbrada a leer en voz alta. Yo solo escribo, es decir, hablo en silencio. Pero me apetecía sacar mi voz y poder leer algunos fragmentos que, para mí, son especiales.

Aquí os dejo el primero de ellos. Espero que os guste 🙂

Y si aún no tienes el libro… ¡aquí lo puedes comprar! 

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(Des)Conocidas, mi nueva novela

Estoy MUY feliz de anunciar que el viernes 4 de enero a las 20h presento mi nueva novela «(Des)Conocidas» en Zangamanga Bar.

Será un acto GRATUITO con intervenciones artísticas como lecturas dramatizadas, videoproyecciones, música , etcétera.

Cada asistente recibirá una consumición GRATIS como obsequio por haber venido a la presentación. Brindaremos con vino o con cava y disfrutaremos de una tarde de literatura y teatro 🙂

Sinopsis de (Des)Conocidas, mi nueva novela

Con «(Des)Conocidas» nos situamos en el año 2063, en un futuro no tan lejano y con un panorama político que bien podría ser real. Después de los atentados del 11 de septiembre, nuestra sociedad empieza a vivir con miedo. La política del terror se hace dueña de todos los países del mundo y, poco a poco, los partidos más conservadores empiezan a ganar poder.

En “(Des)Conocidas” nos encontramos dos historias paralelas de dos mujeres golpeadas por la vida y que han decidido aislarse del mundo para vivir protegidas. Una protección ficticia que no puede protegerlas de algo que les duele muchísimo más que nada: sus propios recuerdos.

Daniela y Martina son dos mujeres aparentemente desconocidas. Pero, un día, Daniela descubrirá que entre sus vidas existe una gran conexión. Y decidirá escribirle una larga y extensa carta a Martina.

Por supuesto, en el evento también habrá venta de libros y firma de ejemplares.

Te espero con los brazos abiertos! 🙂

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Fuego…

Lola: (Llorando, nerviosa) De verdad, hicisteis muy bien bajando aquí… Lo de allí arriba, lo de allí arriba es el infierno, es como si el apocalipsis hubiera llamado a nuestras puertas y nos hubiera ido atacando uno a uno…

(Se quita la chaqueta con la que va abrigada, tiene calor) Aquí abajo se está bien. Es normal que decidierais bajar aquí. Allí arriba, te asas de calor. El fuego lo está arrasando todo y, aunque estés sudando a mares, no puedes quitarte la chaqueta ni un minuto. Es peligroso. El fuego cada vez es más fuerte, más intenso, y a la mínima puede avivarse y arrasar con todo lo que tenga delante. Con todo.

(Caminando por el espacio, observando cada rincón) Pero aquí se está bien… Aquí habéis creado algo así como un pequeño hogar, ¿no? Donde antes vivían las ratas, ahora vivimos nosotros, qué curioso. O es que, quizás, ahora nosotros somos las ratas y estamos en el sitio que nos merecemos, quién sabe…

Fragmento de Fuego, nuevo monólogo

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¡Arranca Laberinto Produciones!

Estoy muy contenta de informaros de que, a partir de esta nueva temporada 2018/19, hay una nueva productora de artes escénicas en Barcelona: Laberinto Producciones.

Nuestra misión es crear espectáculos que, al igual que hacen los laberintos, investiguen y experimenten con nuevos modelos y nuevas maneras de crear piezas teatrales. Creemos en la innovación del teatro y en romper las «reglas» que se deben cumplir encima de los escenarios.

Por eso, en Laberinto Producciones queremos experimentar con el teatro, crear algo así como un laboratorio artístico donde el arte, el humor y la crítica social sean los principales protagonistas.

Así que… ¿nos acompañas al laberinto? 🙂

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Presento «Opción C», pieza de microteatro

Con la nueva productora Laberinto Producciones, presentamos «Opción C», una nueva pieza de microteatro que se presentará en Barcelona.

Es una obra que he escrito y dirigido y con la que tengo el lujo de trabajar con actores como Artur Díaz, Julia Leyva o Sandra Sas. 

Sinopsis de Opción C

Tres personas se encuentran en un hotel. Parece ser que el drama está a punto de estallar pero, entonces, uno de ellos decide que ya está bien de tanto llorar.

Opción C es una comedia de microteatro en la que tres personajes tienen ganas de mostrar algo nuevo al público. Os sorprenderá 🙂

Gira de Opción C, microteatro

  • Julio 2018: todos los jueves a partir de las 20h en el hotel Chic&Basic Velvet
  • Septiembre 2018: el 30 de septiembre a partir de las 19h en el Espai POE-tic de Barcelona
  • Octubre 2018: el 10 de octubre a las 20h estaremos en Club Cronopios de Barcelona

¡Síguenos en Laberinto Producciones para enterarte de todas las novedades!

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La niña fuego

Quiero contarte un secreto. Un secreto que hace tiempo que tengo acallado pero que, creo, ya ha llegado al momento de sacar a la luz.

Todo empezó una tarde de invierno. Ella entró revoloteando por aquellos pasillos viejos y estrechos. Yo la vi desde el principio, desde mucho antes de que ella cruzara conmigo una mirada. Vi cómo sus ojos se movían llenos de vida, nerviosos y muy abiertos, buscando, siempre buscando. Y me buscaba a mí. Buscaba ese pequeño espacio de sueños y risas que, sin saberlo, íbamos a empezar a crear.

Recuerdo que cuando, por fin, la tuve delante, me quedé hipnotizada. Empezó a hablar, a reír y a mover sus manos para intentar comunicarse mejor conmigo. Yo no la conocía de nada pero, desde aquel primer contacto, desde aquel choque de energías, supe que ella no era como las demás. Era una diferente. Era energía, era alegría, era inquietud.

Le dije de quedar para tomar una cerveza. Y ella aceptó. Nos quedamos aquella tarde y muchas, muchísimas más. Hubo tardes que se convirtieron en noches y, después, en madrugadas. Bailamos, bebimos, reímos y vivimos, vivimos mucho. Todo aquello duró casi un año pero, entonces, me dijo que se iba. «Normal», pensé yo. «Normal», sigo pensando. Aquel torbellino de vida que se había colado en la mía aquella tarde de teatro, no podía quedarse quieto más tiempo, no podía. Así que cogió su mochila y se fue a descubrir un nuevo mundo.

Pero un día vi su rostro de nuevo. Era una foto. Alguien se la había hecho en uno de sus viajes. Yo hacía tiempo que no veía su rostro, que no veía su mirada. Y, cuando vi aquella foto, entendí lo que pasaba. En realidad, yo siempre había intuido que había algo en ella que no era normal. Había algo extraordinario, mágico, inexplicable. Supongo que, por eso, desde el primer día que la conocí, me quedé hipnotizada de ella. Al ver esa foto lo entendí todo.

La metamorfosis se había completado. Yo, en Barcelona, en casa, había podido asistir a algunos de los primeros cambios. Pero, ya sabes, a veces nos cuesta ver hasta lo más obvio. Ella, poco a poco, se había ido transformando delante de mis ojos y yo, por mi ceguera, no había sido capaz de ver ni entender lo que ocurría. Pero al verla allí, en esa foto, tan lejos y, tan cerca al mismo tiempo, me di cuenta de todo lo que no había visto durante nuestro tiempo juntas.

Creo que ella tampoco se dio cuenta de lo que ocurría. Creo que ella, en el fondo, sentía un impulso, una necesidad que le empujaba a hacer aquellos pequeños cambios: pelo rojo, ojos grandes, piel más intensa… Los cambios iban sucediendo en nuestro día a día pero no éramos capaces de comprender el porqué de todo aquello. Iba sucediendo. Y punto.

Pero, con aquella foto, me di cuenta de todo su proceso. Y me di cuenta, también, de la ceguera que impide que seamos conscientes de las cosas más importantes de la vida. Aquella foto era ella en todo su esplendor. Julia se había convertido en fuego.  Y su metamorfosis había comenzado aquí, junto a mí, en aquellas noches de risas, sueños y conexión.

El cambio había sido tan natural, tan progresivo y tan obvio que no fuimos capaces de darnos cuenta de que había sucedido. Pero, gracias a esa foto, gracias a esa imagen desde la distancia, pude ver lo que antes no había sido capaz de apreciar con mis ojos. Y es que Julia, mi amiga Julia, se había metamorfoseado en fuego. Una persona que ilumina el camino por donde pasa, que calienta los corazones de aquellos a los que mira, que quiere expandirse por la vida, por la naturaleza y por las personas. Como un fuego intenso que lo devora todo. Ella devora la vida.

Y este el secreto que quería contarte. Un secreto que creo que ni siquiera ella conoce . Julia no es una persona normal y corriente, qué va. Julia es una niña-fuego.

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tormenta

Sentimientos

Ira

Sudor, gritos, lágrimas en el interior de pecho. Por fuera puedo sonreír, lanzar una falsa mueca que parezca decir a todo el mundo «Estoy bien». Pero por dentro… Por dentro tengo fuego, tengo rayos y truenos que hacen tambalear mi espíritu. No puedo dormir. No puedo pensar. Solo pienso en gritar. En salir de aquí. En romper esta cárcel que es mi cuerpo, que es mi mente, y correr durante horas, correr durante días, correr hasta no poder más y caer rendida sobre la hierba verde .

Me iré de aquí, me iré corriendo, me iré gritando para ver si, así, consigo que esta oscuridad se despegue de mi sombra. No quiero más color negro. Quiero color verde. Quiero color azul, amarillo, naranja. Así que correré, correré hasta quedarme sin aliento y hasta que consiga borrar el negro que me vive bajo mis pies.

Solo así podré volver a respirar tranquila y a apaciguar esta guerra que tengo en mi interior. Porque las guerras que más cuestan ganar no son las de fuera, no. Las guerras que más cuestan ganar son las que se libran en el interior de tu pecho. Así que me arrancaré el corazón, si hace falta, para que vuelva a resurgir uno nuevo, puro y sin heridas abiertas.

Tristeza

Cansancio. El cansancio se apodera de mi cuerpo haciendo que, cada vez, mis movimientos sean más pesados, más torpes, más inestables. Conseguí marcharme, conseguí correr hasta quedarme sin aliento. Y todo ¿para qué? Para volver a encontrarme aquí, frente a mi espejo, con el gesto cansado, la voz cortada y mi piel de un color tan blanco que, incluso, asusta.

Vuelvo a estar aquí y me doy cuenta de lo absurda que fue mi huida. Me fui con mucha prisa, me fui con mucho miedo, me fui con mucha ira pero, al final, vuelvo a estar aquí. Sin prisa, sin ira, pero con miedo, mucho miedo. No tenía que haber huido. Tenía que haberme quedado aquí, mirar a esa estúpida que me mira a través del espejo y gritarle, «Ven aquí, ¡no te tengo miedo». Pero no lo hice. Lo que hice fue marcharme, dejar de mirarme al espejo y sentir que todo iba bien. Todo iba falsamente bien.

Superación

Ha llegado el día. La batalla final. Tú y yo vamos a mirarnos las caras, de una vez por todas. Vamos a escupirnos todo lo que pensamos y veremos quién llega hasta el final. Ya no estoy cansada. Ahora me siento fuerte y preparada para mirarte a los ojos y no apartar la mirada. No te tengo miedo. Ya no. He decidido ponerme mi traje de militar, por última vez, coger mi escopeta de palabras y enfrentarme a ti en esta batalla que parece que nunca tenga fin. Prepárate.

No me gusta lo que veo. No me gusta mi reflejo. No me gusto, es más, me odio. Odio ser una cobarde. Odio haber huido. Odio haber llorado. Odio no saber quién soy y seguir corriendo para ver si, así, me encuentro conmigo misma. Odio no reconocerme en las fotos viejas. Odio no sentir a mi niña interior. Odio trabajar tanto y ver cómo la vida se escurre por mis manos. Odio dejarme llevar por la corriente. Odio no plantarme cara y decirme en voz alta: ¿A qué coño estás esperando para vivir con los brazos abiertos?

Amor

El calor vuelve a recorrer mi cuerpo. Siento cómo el color blanco-muerte que se había instaurado en mi rostro, empieza a desaparecer para dejar paso a un color más cálido, más enérgico, un color repleto de vida. Mi corazón empieza a latir con normalidad. Ya no tengo miedo.

Dejo las ventanas siempre abiertas para que el aire fresco inunde mi habitación. Se está bien así.  Se está bien reecontrarte con tu reflejo y ver que sonríe con la boca bien abierta. Se está bien vivir tranquilo. Se está bien vivir.

Solo tenía que cuidarme. Solo tenía que mirarme. Solo tenía que sonreírme. Solo tenía que quererme. Solo tenía que recordar aquello que aprendí de pequeña gracias a mi padre: All you need is love. Pues sí: all you need is love.

eliatabuenca