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Galaxias

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Galaxias

¿Qué harías si, un buen día, te despiertas y ves que entre tus manos tienes una preciosa galaxia? Yo, lo más probable, es que me asustara  y me fuera corriendo al baño para intentar quitarme esos colorines raros que salen de mis dedos. Pero ¿qué pasaría si, por mucho que frotaras, la galaxia siguiera allí, eterna, perpetua, inmóvil?

A muchos de nosotros, seguramente, les invadiría un gigantesco sentimiento de grandeza. “¡Soy la reina del universo!” y se reirían a carcajada limpia al más puro estilo villana de cuento de hadas. Pero a mí no me pasaría esto. La verdad que no. Si un día realmente me levantara con esos gases de colores brillando entre mis manos, lo que haría sería protegerlos inmediatamente. Seguramente procuraría cubrir todos los gases en un bote de cristal, sí. Lo más probable es que intentara protegerlos de todos los peligros que hay aquí fuera, en nuestra tóxica atmósfera, en nuestro tóxico mundo, para que algo tan bello no saliera perjudicado.

Pero, realmente, al proteger con un bote de cristal la galaxia lo que, en el fondo estaría haciendo, sería oprimirla. ¿Qué sería mejor, entonces: dejarla suelta por este mundo tan nocivo y esperar a que, día tras día, se diluyera su color? ¿O protegerla y evitar que nuestro sucio mundo acabara infectándola?

La respuesta a estas preguntas es, realmente, la respuesta a cómo queremos vivir. Nosotros somos galaxias. Tú eres galaxia. Yo soy galaxia. Ruedas poderosas de energía que, cuando llegan a este mundo, lo hacen llenas de colores, de alegría y de buenas intenciones. Pero por muchos botes de cristal que nos pongamos a nuestro alrededor, al final siempre acabamos reduciendo: nos volvemos menos brillantes, menos enérgicos, menos intensos. El mundo nos va borrando y, al final, vivimos todos en tonalidades grises, marrones y oscuras, demasiado oscuras.

Así que si yo un día me levantara con una galaxia entre mis manos, sé que lo más probable que hiciera sería intentar protegerla. No sé si la metería en un bote de cristal o intentaría crear un espacio amplio para que pudiera crecer y expanderse. Pero, sí, lo más seguro es que terminara por encerrarla. Encerrarla. ¿Es esto normal? Quiero decir: después de toda la reflexión que estoy desarrollando, ¿es normal acabar con esta afirmación? A mí me suena un poco de psicópata, de enferma mental a la que la vida le da tanto miedo que cree que todo lo puro y bello puede desaparecer si pasa demasiado tiempo entre nosotros.

¿Tanto he cambiado? Recuerdo que cuando era más joven creía firmemente en la bondad humana. Y lo sigo creyendo. Pero también sé que, por muy bueno que quieras ser, por muy buenas intenciones que quieras tener, al final todo se difumina. Ahora entiendo más que nunca aquella mítica frase de que no todo es blanco o negro. Totalmente cierto. La vida no es blanca. No es negra. Ni siquiera es gris. La vida es un estallido de colores que se entremezclan, que se fusionan y que terminan explotando ante tus narices. La vida es una galaxia que te sobresale de los poros de la piel y solamente tú tienes el poder para decidir cómo vivirla.

Entonces… ¿mi decisión es evadirme en un bote de cristal? Pues creo que sí. Y no es una decisión que esté tomando ahora. Qué va. Es una decisión que, inconscientemente, tomé desde hace muchos años. Muchísimos. Y, en el fondo, creo que todos nosotros tomamos esta decisión. Todos nos tejemos nuestro particular mundo y, desde allí, desde nuestra habitación mental y confortable, vemos y vivimos la vida. Yo he decidido crearme una botellita de cristal repleta de letras, música y la luz del sol. Otros tienen su propia botella llenita de dinero, trabajo y bienes materiales. Cada uno con su mundo, cada uno con su micromundo, cada uno con su botellita de cristal, cada uno con su galaxia particular.

Así que sí: creo que si un día me levantara con una galaxia entre las manos, iría corriendo a la cocina, cogería cualquier recipiente de cristal y protegería bien esos preciosos colores. No quiero que nadie los manche, los borre o los haga cambiar. Quiero que siempre brillen así, como el primer día, con esa tonalidad inconsciente repleta de vida, de energía y de ganas de expandirse.

Una galaxia encerrada en un bote de cristal. ¿Es esa mi solución para vivir en el mundo?

eliatabuenca
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